El aroma a lavanda impregnaba la alcoba, pero no lograba ocultar el hedor del miedo. Aemma yacía en el lecho, con las sábanas empapadas de sudor. Su cabello, antes tan hermoso y cuidado, se pegaba en desorden a su rostro pálido, y cada respiración suya parecía una súplica silenciosa.
Sabía que este momento llegaría. Desde el instante en que sintió la primera agitación en su vientre, una parte de ella había estado aterrada. No por el dolor, sino por la posibilidad de perder a este hijo, como había perdido a los otros.
Recordaba cada uno de ellos con dolorosa claridad. El primero, que nunca respiró. El segundo, que vivió apenas unas horas antes de quedarse inmóvil en su cuna. El tercero… ni siquiera tuvo la oportunidad de nacer. Con cada pérdida, algo dentro de ella se había marchitado, y aunque sonreía para el reino, en lo más profundo de su ser temía que los dioses la hubieran maldecido.
Pero este… este niño aún vivía dentro de ella. Se aferraba con desesperación a la esperanza de que sobreviviera. Había soportado meses de incertidumbre, de noches en vela con la mano sobre su vientre, murmurando plegarias. Se había permitido soñar con acunarlo en sus brazos, con oír su llanto. No podía perderlo. No ahora.
Un dolor agudo la atravesó, arrancándole un gemido. Las parteras a su alrededor hablaban en susurros, con el ceño fruncido. Sabía lo que eso significaba. Algo iba mal.
—Su majestad… —una de ellas se acercó, con el tono tembloroso de quien sabe que trae malas noticias—. Debemos actuar pronto.
Aemma no respondió. Cerró los ojos y exhaló con esfuerzo. ¿Era este su destino? ¿Morir en este lecho, como su madre antes que ella? Ella giró el rostro, encontrándose con sus ojos. En ellos vio miedo, más profundo que el que intentaba ocultar. {{user}}, su rey, su amor, estaba allí. A su lado. Como siempre lo había estado, incluso cuando la culpa la devoraba después de cada pérdida.