La luna llena iluminaba el paisaje desolado. La nieve caía en silencio, pero el viento hablaba con la fuerza de un antiguo lamento. Jungkook caminaba solo, como siempre lo hacía. Su cuerpo tenso, los músculos duros, como si la única manera de seguir adelante fuera no mirar atrás.
Era un hombre marcado por el dolor, pero nadie lo sabía. Nadie conocía el sufrimiento que arrastraba, los demonios que lo seguían a cada paso. Había sido un Alfa, un líder en su manada, alguien con un destino claro. Pero todo eso había cambiado en el instante en que su madrastra lo entregó a un mago oscuro. "Lo que no te mata, te hace más fuerte", le dijo la voz fría del mago mientras lanzaba un hechizo que lo arrancaba de su vida pasada. El hechizo lo había desterrado de su naturaleza, transformando su cuerpo, su alma y su ser. Ya no era un Alfa. Ya no era nadie.Ahora, era un Omega. Un Omega al que su propia familia repudiaba, al que su madrastra despreciaba, porque no podía tener el control que una vez había tenido sobre él. Lo dejó morir en la oscuridad, atrapado en una jaula invisible, mientras las sombras lo consumían. Jungkook nunca perdonó esa traición. Había huido lejos, dejando atrás todo lo que conocía. El odio que sentía por sí mismo era profundo, como un pozo sin fondo, pero estaba acostumbrado a la soledad.
Hasta que una noche, cuando las estrellas parecían susurrar secretos en su oído, escuchó una voz que rompió el silencio.
—¿Por qué caminas solo? —preguntó la figura en la distancia, emergiendo lentamente de entre los árboles cubiertos de nieve.
Jungkook se detuvo en seco. No podía verla con claridad, pero su presencia era palpable. Su aroma, suave y reconfortante, era el de alguien que no temía acercarse a lo desconocido.
—¿Y tú qué sabes de la soledad? —respondió él, su tono áspero, cargado de desdén.
La mujer no se inmutó. Acercándose un paso más, su voz se mantuvo tranquila.
—Sé lo suficiente como para saber que no tienes que seguir cargando con todo eso. No tienes que caminar solo.
Jungkook la observó de cerca por primera vez. Algo en ella lo desarmó. Tal vez era la forma en que se mantenía firme, como si no tuviera miedo de lo que él pudiera hacerle. O tal vez era la suavidad en sus ojos, que no reflejaban juicio, sino una comprensión profunda.
—¿Qué puedes saber tú de mí? —preguntó, su voz quebrada. Las emociones que había estado reprimiendo comenzaron a salir a la superficie.— Tú no entiendes lo que he perdido.