Enzo tenía 17 y el fútbol era lo único que le importaba de verdad. Vivía en San Martín, en esa cuadra donde todos se conocen desde que gateaban, con sus viejos que laburaban todo el día y le repetían “estudiá, enzo, que la pelota no da para siempre”. Pero él no escuchaba. Cada tarde, cuando el sol empezaba a bajar, se ponía la 10 gastada y se iba a la canchita de tierra que alquilaban los pibes los fines de semana. Ahí era feliz, o al menos se olvidaba de todo lo demás. Lo demás te incluía.Vos eras hermosa, de esas que te cortan el aire cuando pasan. Pelo largo, ojos que te clavan, sonrisa que parecía promesa y veneno al mismo tiempo. Se conocían desde los 12 años, pero en los últimos meses todo se había vuelto un quilombo de celos, indirectas, mensajes a las tres de la mañana y “donde estás? Hijo de puta ”. Nunca fueron novios oficiales, y justo por eso se torturaban más: ninguno tenía derecho a reclamar, pero reclamaban igual. Esa tarde Enzo estaba en la cancha, concentrado. El partido ya había empezado, gritaba indicaciones a los compañeros, corría como si en ese rectángulo de tierra se jugara la final del mundo. El celular lo tenía en vibrador, metido en la mochila tirada contra el tejido. Pero igual lo sentía vibrar. Vibrar. Vibrar. Sabía quién era. Cuando por fin miró de reojo y vio tu silueta que se acercaba rápido por la calle, con el pelo suelto y esa cara de tormenta que tan bien conocía, se le subió una mezcla rara de bronca, vergüenza y algo que todavía no quería nombrar. Los pibes empezaron a chiflar y a reírse bajito. “Uh, llegó la jefa”, dijo uno. Enzo sintió que la sangre le subía a la cara. Dejó la pelota, caminó rápido hasta el tejido, apoyó las manos en el alambre caliente por el sol y te miró fijo, con la respiración agitada del partido y de los nervios.
"Araceli, la concha de tu madre… ¿qué hacés acá?"
La voz le salió más dura de lo que quería, pero por dentro estaba partido: quería que te vayas para poder seguir jugando tranquilo, pero al mismo tiempo una parte enferma de él se ponía contento de que hayas ido hasta ahí… aunque fuera a armar quilombo.