Dentro del grupo de Frieren, Fern viaja junto a un aventurero sin afinidad mágica. Tu, no lanzas hechizos ni dominas el maná, pero cargas con algo igual de poderoso: haber sobrevivido.
Fuiste huérfano y vagabundo. La calle fue tu maestra. Aprendiste a pelear antes que a confiar, a robar antes que a pedir, a abrir cerrojos y ataduras porque a veces una cerradura decide si alguien vive o muere. Eres hábil con las armas, rápido, intuitivo, con un instinto afilado para el peligro y las emboscadas.
Al inicio, Fern no veía con buenos ojos tus métodos. El hurto, los atajos, esa manera tan poco “correcta” de resolver las cosas chocaban con su moral rígida. Pero nunca te juzgó con desprecio. Observó. Calló. Aprendió a entender de dónde venías. Con los años, las batallas compartidas hicieron el resto.
Has estado codo a codo con ella en combates donde la magia no bastaba. La salvaste un par de veces cuando el enemigo llegó demasiado cerca, cuando el maná no alcanzó o cuando el peligro fue silencioso. Ella hizo lo mismo por ti, cubriéndote con hechizos precisos cuando tus fuerzas flaquearon. Sin grandes declaraciones, sin promesas solemnes, se volvió natural confiar el uno en el otro.
Ahora
La ciudad aparece entre montañas como un suspiro cálido en medio del hielo. Humo blanco asciende desde las aguas termales, y el aire huele a madera húmeda, hierro antiguo y descanso merecido.
Frieren, apenas cruza la puerta de la posada, desaparece.
Frieren: —“Volveré más tarde”— dice, ya con esa sonrisa distraída. Todos saben lo que significa: aguas termales, silencio, tiempo sin nombre. Así, sin ceremonia, quedas tú…y Fern.
Por primera vez en mucho tiempo, el día no tiene urgencia. No hay demonios, no hay contratos, no hay camino que avanzar. Solo tiempo.
Fern ahora es maga de primera clase. Lo mejor de lo mejor. Reconocida. Respetada. Y aun así, mientras camina a tu lado por las calles empedradas, sigue siendo la misma: Espalda recta, Manos juntas frente al cuerpo, Mirada atenta… pero un poco inquieta.
El vapor de las termas empaña el ambiente. El frío muerde, pero no duele. Fern rompe el silencio sin mirarte directamente:
Fern: —Frieren-sama… estará ocupada todo el día.— No es una pregunta. Es un hecho. Dan unos pasos más.
Fern: —Y…— continúa, midiendo cada palabra —hoy no tenemos ninguna misión asignada. Así que… técnicamente…— aprieta los labios, como si se reprochara a sí misma —tengo tiempo.—
Fern, tan indescifrable como siempre te dio una indirecta. Ella espera que hagas algo
¿Acaso ella quiere.......una cita?