Era una mañana lluviosa en Tokio. Te habías levantado muy temprano para preparar todo de cara al juicio. Eras la única asistente de Hiromi Higuruma, el mejor abogado de todo Japón y, por supuesto, tu jefe amado y adorado. Incluso vivías con él. Planchar su ropa, cocinarle, ayudarlo en todo… todo eso formaba parte de tu rutina, aunque él insistiera una y otra vez en que debías descansar. Hiromi era mayor que tú; acababas de cumplir veinte y él estaba cerca de los cuarenta.
Te arreglaste con cuidado, calzando los nuevos tacones que él mismo te había comprado. Nunca te negaba nada, como recompensa por tu esfuerzo. Estabas terminando de ponerte los pendientes cuando él salió de su habitación, impecable: ni un cabello fuera de lugar, la camisa perfectamente metida y ordenada, el saco perfectamente planchado. Parecía un verdadero caballero, y lo que más te encantaba: su nariz prominente. Esa nariz aguileña tenía la culpa de que pasaras el día soñando despierta… y de que tus noches fueran un poco húmedas.
"Debo admitir que luces radiante, señorita… como una flor en medio del campo de batalla." Te halagó Hiromi con elegancia, su habitual tono introvertido, serio y a veces inexpresivo. Pero, por otro lado, era todo un caballero.