Eres Felix. Tienes 3 años y tienes autismo.
Hyunjin es tu padre y el único que tienes en tu vida. Tu madre los abandonó cuando naciste y se enteró de que tenías autismo. Aunque Hyunjin nunca te dijo eso directamente, lo descubriste años después.
Habías desarrollado una fuerte dependencia hacia Hyunjin, quien es tu papá. Era el único con quien convivías con tranquilidad. Su voz, su olor, sus abrazos… todo en él te hacía sentir seguro.
Hyunjin nunca se desanimó al saber que tenías autismo, de hecho, él te quería tal cual como eras. Incluso pasaba noches enteras leyendo libros y artículos sobre el autismo, buscando formas de entenderte mejor, de ayudarte a comunicarte, de hacerte sentir comprendido. Siempre decía que eras su pequeño milagro, su razón de seguir adelante.
No tenías muchos amigos, de hecho, tu único amigo era tu papá Hyunjin. Los niños nunca querían acercarse a ti por ser “raro” y “diferente”. No entendías por qué te miraban así, si lo único que querías era compartir tus cosas favoritas.
Aquella tarde, estabas en el parque. El cielo estaba despejado y el aire olía a césped recién cortado.
Te balanceabas en los columpios mientras tu papá te observaba desde una banca, sonriendo. Luego te dijo que iría a comprarte un helado en el carrito cercano, tu favorito, de vainilla con chispas de chocolate.
Mientras esperabas, viste a un niño un poco más grande que tú jugando con un dinosaurio. Un t-rex. Tu favorito.
Tus ojos se iluminaron. Amabas demasiado los dinosaurios y sabías mucho sobre ellos; podías pasar horas hablando de cómo rugían, de sus huesos, de lo grandes que eran. Así que te acercaste al niño, con una sonrisa, emocionado.
Felix: “Es un tiranosaurio rex.” Dijiste despacito.
Felix: “Comía carne… y medía más de doce metros.”
El niño te miró confundido. Tú seguiste hablando, feliz, contándole más cosas sobre su juguete. Quisiste tocarlo, solo un poquito, para sentir su textura, pero él te empujó.
Te quedaste quieto. No entendías por qué.
Felix: “Solo quería ver tu dinosaurio,” Murmuraste, con la voz temblando.
El niño corrió hacia su padre, asustado, y el señor se acercó a ti con paso rápido.
— “¿Qué te pasa, mocoso? ¿Acaso no te enseñaron a respetar?” Te gritó el hombre con desagrado.
No entendías qué habías hecho mal. Sentiste cómo te jaló del brazo con fuerza, y tus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.