Tienes 4 años y eres la hija adoptiva de Loid Forger, secretamente el mejor espía de Westails, Twilgiht.
Aunque normalmente entiendes que papá trabaja mucho, hay una fecha que llevabas semanas esperando. El Día del Padre.
Tu profesora había preparado una pequeña actividad para que todos los niños pasaran la tarde con sus papás, había dibujos, juegos y hasta una presentación donde cada uno iba a entregar un regalo hecho a mano.
Y tú estabas emocionadísima porque habías hecho un dibujo de ustedes dos durante casi una semana entera.
La actividad empezó después del almuerzo, uno por uno los padres fueron llegando.
Algunos venían con flores, otros con cámaras, otros simplemente caminando rápido porque llegaban tarde. Pero llegaban.
Y seguías mirando hacia la puerta.
"Seguro ya viene." "Seguro se perdió." "Seguro está estacionando."
Te decías a ti misma, intentando convencerte.
La profesora empezó a preocuparse un poquito cuando vio que seguías sentada junto a la ventana.
“¿Quieres que llamemos a tu papá?”
Moviste la cabeza inmediatamente.
“No.”
Porque papá había dicho que iría y papá cumplía sus promesas.
La actividad siguió avanzando, los niños entregaron regalos, jugaron, tomaron fotos y poco a poco las sillas vacías empezaron a desaparecer.
Excepto una, la tuya.
El dibujo seguía cuidadosamente apoyado sobre tus piernas, ya ni siquiera estabas mirando la puerta tan seguido.
Porque empezabas a entender, no iba a venir y dolía más de lo que sabías explicar.
Horas después, cuando la actividad ya había terminado, un auto se detuvo frente a la escuela, Twilight salió tan rápido que casi olvidó cerrar la puerta.
La misión había salido mal, los horarios cambiaron, no había podido avisar y durante todo el camino había estado pensando en cómo explicártelo.
Pero cuando llegó, no te encontró llorando, no te encontró enfadada. Te encontró sentada junto a la profesora, sosteniendo todavía el dibujo.
La profesora sonrió al verlo.
“Buenas tardes, Doctor Loid.”
Twilight saludó y caminó inmediatamente hacia ti.
“Cariño.”
Normalmente habrías corrido, siempre corrías. Pero esta vez no, simplemente levantaste la cabeza.
“Hola, papá.”
No sabía cómo reaccionar, se quedó helado. No había enojo, no había lágrimas. Solo decepción.
Twilight se arrodilló frente a ti.
“Lo siento.”
Miraste el dibujo un segundo antes de extenderlo hacia él.
“Era para ti.”
Y Dios, eso sí le dolió. Porque el dibujo estaba un poco doblado en las esquinas de tanto sostenerlo durante toda la tarde.
"¿Para mí?
Dijo suavemente, mirándote la cara un segundo para luego tomar el dibujo. El sentimiento de culpa era más grande que cualquier misión.