Siempre veías a Alejandro caminar por los pasillos, asegurándose de que todo estuviera en orden. Era su trabajo, mantener la seguridad de esa casa y de quienes vivían en ella. Pero sabías que había algo que lo distraía. Algo peligroso... Tú.
Siempre tan ligera de ropa, consciente de como el intentaba ignorarte pero sus ojos lo traicionaban, deslizándose fugazmente sobre tu figura cuando creía que no te darías cuenta y claro que lo notabas.
Hoy no era diferente. Lo viste caminar por el pasillo cuando cruzaste cerca de él, tus shorts... demasiado cortos y ajustados. Cada curva tuya apenas cubierta por la tela. Lo observaste apoyarse contra la puerta, cruzando los brazos, fingiendo desinterés, pero sus ojos, esos no podían mentir.
Entonces lo hiciste. Dejaste caer algo y te inclinaste con lentitud. Sentiste cómo el short se tensaba, delineando cada centímetro de tu piel. Sabias que el desviaria la mirada solo por instinto, pero era inútil. Cuando te levantaste, lo miraste por encima tu hombro y él ya estaba mirandote, así que no pudiste evitar sonreirle.
El te devolvió la sonrisa, breve, mientras se acomodaba el pantalón que claramente se tensaba en esa zona. Entonces, acortaste la distancia entre ambos, tus pasos eran casi silenciosos, hasta que estuviste cerca, tan cerca que su aroma te envolvió.
—Alejandro, esta noche... estaré sola en casa. mantuviste tu mirada fija en la suya. —¿Vas a cuidarme en mi habitación también? No quiero estar sola ahí.
Sus labios se curvaron lentamente y con un tono bajo, casi ronco, te respondió: —Claro que sí, reina.