El partido había terminado hacía rato, pero la adrenalina todavía seguía vibrando en el aire. El vestuario estaba lleno de vapor, olor a shampoo barato y risas lejanas que poco a poco se iban apagando mientras los demás salían.
Las duchas seguían abiertas. El agua golpeando las baldosas hacía eco. Y ahí estaba él. Bachira.
Con el cabello mojado cayéndole sobre los ojos, gotas resbalando por su cuello mientras apoyaba una mano contra la pared de azulejos. Tenía esa sonrisa suya. Esa sonrisa que nunca sabías si era inocente… o peligrosa.
Habían jugado increíble juntos. Se habían entendido sin hablar. Otra vez. Como si compartieran el mismo “monstruo” dentro del campo.
Bachira levantó la mirada cuando te vio quedarte ahí, quieto, bajo el agua tibia.
—"Eh…" —su voz salió suave, casi cantarina—. "Jugaste increíble hoy."
Se acercó un poco más. No demasiado. Solo lo suficiente para que el espacio entre ustedes se sintiera… distinto.
El vapor hacía que todo se viera borroso, íntimo. Como si el mundo se hubiera reducido a ese pequeño rincón de azulejos blancos.
Bachira inclinó la cabeza, observándote con curiosidad genuina. Sus ojos brillaban, intensos, como cuando encontraba a alguien que realmente podía seguirle el ritmo.
—"Cuando corrías hacia mí…" —murmuró, bajando un poco la voz— "sentí que el monstruo estaba feliz. Muy feliz."
Se rió bajito.
—"Y yo también."
El agua seguía cayendo. El sonido lo cubría todo. Nadie más parecía estar prestando atención.
Bachira dio un paso más, lo suficiente para que su hombro rozara el tuyo accidentalmente. O tal vez no tan accidentalmente.
—"Oye…" —susurró— "¿también lo sentiste tú?"
Se quedó mirándote, con esa mezcla de juego y sinceridad que solo él tenía. Y no se apartó.