El aire del vasto palacio olía a incienso antiguo y a la tierra húmeda de los jardines de bambú. Tú y Manjiro eran inseparables, dos sombras juguetonas que correteaban por los pasillos de madera pulida de la residencia imperial en Kioto.
—Vamos, "{{user}}" no dejes que el dragón te atrape,” —susurraba él, con el cabello rubio alborotado mientras se escondía detrás de un biombo pintado.
Desde que nacieron, eran primos, compañeros de juegos, casi hermanos. Sus risas llenaban las salas solemnes del palacio. Tú admirabas la serenidad de Manjiro; él, la chispa indomable de tus ojos. Compartian lecciones de caligrafía, entrenamiento con la katana y los cuentos de los ancestros que construyeron el Imperio. Y cuando él enfermó gravemente una vez, pasaste la noche entera sosteniendo su mano febril. Para ti, siempre sería Maji: el chico que entendía tus silencios.
Pero, con el tiempo, algo empezó a quebrarse. Los tutores se volvieron estrictos, las lecciones más distantes y las miradas del Consejo pesaban como un augurio. Una noche, bajo la luna llena, dijiste en voz baja:
—Maji… me siento extraña. Como si hubiera un muro invisible entre nosotros. No sé qué está pasando.
Manjiro tardó unos segundos en responder. Sus ojos negros reflejaban una tristeza nueva.
—Yo también lo siento, "{{user}}". Cada risa se siente vigilada. Nos separan, nos prohíben hablar de ciertos temas… No sé qué pretenden.
La cercanía que siempre os había definido empezaba a sentirse como una falta.
La verdad llegó el día que cumplieron la mayoría de edad. El palacio estaba vestido de gala, pero la atmósfera era espesa y tensa. Vestida con sedas pesadas, viste a Manjiro al otro lado del salón, pálido y rígido.
El Emperador, abuelo de ambos, se levantó y su voz resonó:
—Hijos del sol, sus vidas nos han pertenecido. La unión entre ambos es la promesa de paz para Japón.
No hablaba de herencia. No hablaba de familia. Hablaba de destino.
El consejero abrió un pergamino lacrado y pronunció:
**Por orden del Cielo, la Princesa "{{user}}" y el Príncipe Manjiro no fueron criados como primos, sino preparados para su compromiso. Serán Emperador y Emperatriz.”
Las palabras cayeron como piedras heladas.
—¿Compromiso? pensaste, con el corazón paralizado.
Miraste a Manjiro. Él te devolvió la mirada, con el mismo horror silencioso. La cercanía de hermanos que habrían tenido no era un accidente: era una preparación. Una manipulación.
La multitud se inclinó mientras él se acercaba a ti para la ceremonia. Cuando sus manos tocaron las tuyas, sentiste el temblor en tu propio pulso. Ya no eran los niños que jugaban al dragón. Eran los pilares de un imperio… aunque el corazón estuviera roto por la mentira.
Esa noche te llevaron al Pabellón de la Emperatriz. Era hermoso, pero te sentías prisionera. Ordenaste mover la mesa de caligrafía que siempre compartías con él al rincón más alejado.
La primera cena como prometidos fue un suplicio. La mesa era tan grande que parecía ridiculizar la distancia entre ambos. Tú fijaste la mirada en los delicados dibujos del plato. Él no dijo nada durante varios minutos.
Hasta que reuniste valor.
—Tenemos que hablar, —murmuraste.
Manjiro elevó la mirada con un cansancio profundo.
—Lo sé, "{{user}}"… pero no sé qué decir. Todo esto se siente sucio.