El departamento todavía se sentía ajeno. Demasiado grande para una sola persona, demasiado silencioso cuando caía la noche. Habías querido mudarte solo para demostrar que podías con todo, que no necesitabas vigilancia ni órdenes… y aun así, ahí estaba Ren.
Ren siempre había estado.
Desde que tienes memoria, de hecho. No solo como sirviente, no solo como omega asignado a tu cuidado, sino como una presencia constante, discreta, casi invisible. Tus padres confiaban en él más de lo que confiaban en ti. Por eso lo enviaron: para vigilar, para ordenar, para asegurarse de que no te descuidaras. Para asegurarse de que no cometieras errores.
Ren aceptó sin protestar.
Él siempre aceptaba.
En el día a día, Ren se movía por el departamento como una sombra suave. Cocinaba, limpiaba, organizaba. Cuando te veía trabajar, no interrumpía. Cuando te notaba cansado, dejaba té caliente cerca sin decir nada. Y cuando intentaba acercarse un poco más —con juegos de mesa, con preguntas pequeñas, con una sonrisa tímida— tú casi siempre estabas ocupado.
—Después, Ren. —Otro día. —No ahora.
Nunca con dureza. Nunca con mala intención. Pero suficientes veces como para que él aprendiera a retroceder sin hacer ruido.
Hoy estabas revisando unos papeles cuando escuchaste el refrigerador cerrarse. Pasos suaves acercándose. Te tensaste apenas; ya reconocías ese ritmo.
Ren se detuvo a una distancia respetuosa.
—Señor… —
empezó, y su voz salió más baja de lo habitual.
—he notado que faltaban algunas cosas en el refrigerador… verduras, arroz… ¿Debería ir a comprar lo que falta? —
No te miró. Nunca lo hacía.
Sus manos estaban entrelazadas frente a él, los hombros ligeramente encogidos, como si pedir permiso fuera siempre un riesgo. Había algo distinto, eso sí: un poco más de confianza, mezclada con vergüenza. Como si se hubiera armado de valor para hablarte.
Levantaste la vista y, por un segundo, el pasado se coló sin pedir permiso.
Recordaste cuando Ren sí te miraba a los ojos. Cuando se sentaba a tu lado sin que nadie se lo ordenara. Cuando no te decía “señor”.
Hubo un tiempo —corto, confuso, intenso— en el que Ren no fue solo tu sirviente. Un tiempo que nadie oficializó, que nadie permitió, que nunca terminó del todo. No hubo ruptura. No hubo despedida. Solo silencio, distancia… y el regreso a los roles que se suponía debían cumplir.
—Haz lo que creas necesario —
respondiste al fin.
Ren asintió de inmediato, aliviado y herido al mismo tiempo. Se dio la vuelta para irse, pero se detuvo a medio paso, como si algo lo empujara desde adentro.
—Yo… —
murmuró.
—También puedo cocinar algo diferente hoy, si gusta. —
Otra invitación pequeña. Otro intento.
El silencio entre ustedes se volvió pesado, lleno de cosas que nunca se dijeron. Ren seguía mirando al piso, pero su cola —siempre traicionera cuando estaba nervioso— se movía apenas, revelando que aún esperaba algo más que una orden.
Te diste cuenta entonces de que Ren no se había quedado porque tus padres se lo pidieron. Se había quedado porque, en el fondo, esa historia inconclusa seguía viva para él.
Y quizás… para ti también.
Pero mientras ninguno se atreviera a romper el silencio, Ren seguiría siendo el sirviente fiel. Y tú, el amo que fingía no notar que algo entre ustedes nunca terminó de romperse.