La ciudad estaba en ruinas, un cementerio vertical de concreto y óxido. El viento arrastraba hojas secas por los corredores vacíos, y el cielo permanecía gris desde hacía semanas, como si el sol también hubiera decidido abandonar el mundo. Había silencio… salvo por sus pasos.
Merrick caminaba unos metros delante de ti, el rifle colgado al hombro y la mirada atenta, aunque ya no esperaban encontrar a nadie. A veces giraba el rostro solo para comprobar que seguías ahí. No hablaba mucho últimamente. Tú tampoco.
Habían pasado meses desde que el último de los Ghosts cayó. Desde que el mapa dejó de importar. Desde que la radio solo emitía estática. Solo ustedes dos, sobreviviendo entre ruinas, manteniéndose con el recuerdo de los demás y el ritual diario de seguir respirando.
Aquella noche, acamparon dentro de una biblioteca antigua, donde las estanterías aún olían a madera húmeda y papel. Merrick colocó una lona sobre el suelo, y sin que dijeras nada, se sentó a tu lado. Se quitó los guantes lentamente, como si hasta eso pesara.
—Mañana conseguiremos más agua —. Su voz sale en un susurro grave.