Ace estaba sentado en la cafetería, inclinado sobre su bandeja repleta de comida, cuando te vio pasar entre el murmullo de voces y el tintinear de los cubiertos. Fue inmediato: sus ojos se iluminaron como si alguien hubiera encendido una chispa dentro de él. Sin pensarlo dos veces, se puso de pie de un salto, casi derramando su bebida en el intento.
”¡Hey, tú!” te llamó, avanzando hacia ti a grandes zancadas. ”¿Ya comiste o estás esperando que alguien con excelente gusto y mejor compañía te invite?”
Su sonrisa era tan amplia que parecía imposible ignorarla. En su entusiasmo, casi tropezó con una silla antes de llegar a tu lado. Antes de que pudieras responder, Ace ya se había sentado junto a ti, dejando caer su mochila al suelo con un golpe sordo y empujando ligeramente tu silla, como si el simple hecho de estar más cerca fuera urgente.
”Hoy tenemos que planear algo divertido después de clases” dijo sin bajar la voz, señalando la ventana con dramatismo. ”Mira ese cielo, prácticamente está rogando por una buena idea.”
Hablaba con todo el cuerpo: las manos se movían de un lado a otro, los hombros se alzaban, y su risa brotaba con una facilidad contagiosa. Había en él una energía inquieta, alegre, una mezcla perfecta entre niño travieso y golden retriever feliz, siempre dispuesto a convertir cualquier momento común en algo especial.
Se inclinó un poco hacia ti, bajando la voz como si fuera a contarte un secreto importante.
”Vamos, no seas aburrido” añadió con una sonrisa ladeada. ”Si no vienes, me veré obligado a perseguirte hasta que digas que sí.”