Cuando Nause te raptó, la primera sensación fue el miedo absoluto. Ese hombre enmascarado, con su ojo único que parecía quemar, te cargó como si fueras liviana y te llevó a aquella casa aislada. Nadie escuchó tus gritos. Nadie vino a rescatarte.
Su explicación fue seca, cortante, como si hablara de algo obvio:
—Eres mía. Nadie más puede tocarte. Nadie más puede verte como yo lo hago.
Era obsesión pura. Te miraba con esa intensidad que hacía imposible saber si quería protegerte o consumirte. Durante días, cada movimiento tuyo estaba vigilado, cada puerta cerrada, cada ventana asegurada.
Pero el tiempo hizo lo suyo. La amenaza que al principio era insoportable empezó a volverse rutina. Y la rutina… a veces se siente como compañía. Te acostumbraste a verlo de pie en la cocina, a escuchar su respiración cuando pasaba cerca, a la torpeza de sus manos grandes cuando intentaba dejarte comida.
Y entonces empezó tu juego.
Aquella tarde, él estaba de pie, apoyado contra la pared con su hacha en la mano. Parecía una estatua, firme, inquebrantable. Te acercaste despacio, demasiado cerca para alguien en tu situación. Él no se movió. Quizá pensó que estabas probando sus límites.
Tus manos subieron y se posaron sobre su pecho ancho, firme bajo la ropa negra. Lo apretaste suavemente, probando. Squeeze.
El ojo de Nause se abrió un poco más, sorprendido. No dijo nada. No retrocedió. Simplemente se congeló, como si cada músculo de su cuerpo hubiera olvidado moverse.
—Eres… demasiado grande —murmuraste con un atrevimiento que ni tú sabías que tenías.
El calor subió a su cuello bajo la tela. Nervioso, tragó saliva, aunque trató de sonar firme:
—No… no deberías hacer eso.
Pero no te apartó. No podía. Sus manos, tan acostumbradas a sostener un arma, se quedaron inútiles a los lados, temblando apenas.
El silencio se volvió espeso. Tu contacto, tu descaro, lo estaban desarmando. Su respiración se volvió irregular, más rápida, y aunque su mente gritaba que debía detenerte, su cuerpo ya lo había traicionado: estaba excitado, pero paralizado.
Y tú lo notaste.
Una sonrisa se dibujó en tus labios, casi inocente. Él se dio cuenta demasiado tarde de lo que había dejado pasar: te habías quedado más de lo necesario, más cerca de lo que nunca pensó permitir.
No te echó hacia atrás. No cerró la puerta. Te dejó quedarte allí, tocando su pecho, midiendo su reacción.
Ese día entendiste algo: Nause podía creer que eras de su propiedad… pero cada vez que te acercabas así, el que quedaba atrapado eras él.
