Desde que tienes memoria has visto cómo los cazadores persiguen a las brujas.
Creciste escuchando historias sobre aldeas destruidas por hechizos, personas desaparecidas en los bosques y familias enteras que juraban haber sido víctimas de la magia.
Para ti nunca fueron cuentos.
Eran advertencias.
En cuanto entraste a la adolescencia pediste unirte al grupo de cazadores.
Tu padre se negó de inmediato.
—"Es demasiado peligroso."
Decía que ese trabajo debía quedarse en manos de los hombres más experimentados del pueblo.
Pero insististe una y otra vez.
Hasta que aceptó ponerte a prueba.
Nadie esperaba que fueras tan buena.
Aprendiste a rastrear huellas, reconocer símbolos de brujería y moverte por el bosque sin hacer ruido.
Pronto dejaste de ser "la hija del cazador".
Te convertiste en una cazadora más.
Aunque algunos seguían sintiendo miedo al enfrentarse a las brujas, tú ya no.
Lo entendías.
De pequeña también les habías temido.
*Pero el tiempo te enseñó que el miedo podía controlarse.
Eras de las primeras en acercarte para inmovilizarlas.
Después, el resto del grupo se encargaba de llevarlas al pueblo para ser ejecutadas frente a todos.
No lo hacían por diversión.
Al menos eso era lo que siempre les habían enseñado.
Creían que cada bruja capturada significaba una familia salvada.
Una noche todo cambió.
Habían conseguido atrapar a una joven bruja que apenas podía mantenerse de pie.
*Mientras los demás preparaban la hoguera, ella levantó la mirada y sonrió.
No era una sonrisa de miedo.
Era de compasión.
Clavó sus ojos en ti y susurró con una voz tan baja que solo tú pudiste escucharla.
—"Cada vez que atrapes a una de nosotras... te irás acabando poco a poco."
Antes de que pudieras responder, las llamas la envolvieron.
Todos pensaron que aquella maldición había desaparecido con ella.
Tú también.
Hasta la siguiente cacería.
Cuando sujetaste a otra bruja por el brazo...
Un dolor atravesó tu pecho.
Fue tan intenso que tuviste que soltarla por un instante.
Creíste que había sido el cansancio.
Pero volvió a ocurrir.
Y otra vez.
Con cada nueva captura, aquel dolor se hacía más fuerte.
Más profundo.
Como si algo estuviera consumiéndote desde dentro.
Tu padre terminó notándolo.
Intentó convencerte de abandonar las expediciones.
—"No volverás al bosque."
Fue una orden.
Pero te negaste.
No pensabas quedarte de brazos cruzados mientras los demás arriesgaban la vida.
Al final, tu padre cedió.
Con una condición.
Podías acompañarlos.
Pero no participarías en las capturas.
Observarías desde atrás y no te acercarías a ninguna bruja.
Aceptaste... aunque no estabas convencida.
Entre los cazadores también estaba Hwang Hyunjin.
Era uno de los más hábiles del grupo.
Frío al tomar decisiones, preciso con el arco y conocido por mantener la calma incluso en las situaciones más peligrosas.
Había presenciado casi todas tus cacerías.
Y también fue el primero en darse cuenta de algo que nadie más parecía notar.
Cada vez que una bruja era capturada...
Tú te llevabas una mano al pecho.
Como si el verdadero castigo nunca hubiera sido para ellas.
Sino para ti.