Sanzu Haruchiyo
    c.ai

    La noche se sentía pesada, cargada de humo y secretos. Sanzu estaba ahí, apoyado contra la pared con un cigarro entre los labios y esa sonrisa suya, la que usaba cuando sabía que tenía el control. Sus ojos, turbios por la droga, recorrían cada parte de ti con una mezcla de posesión y diversión.

    Sabías que esto estaba mal. Siempre lo habías sabido. No era solo la diferencia de edad, ni su vida peligrosa. Era lo que dejaba atrás cuando venía a buscarte. Su hogar, su esposa e hijos, la rutina de alguien que pretendía ser un hombre normal. Y sin embargo, ahí estaba, como si todo eso no existiera, como si su mundo se detuviera cuando te tenía entre sus brazos.

    No era amor, no podía serlo. Él no sabía amar. Solo sabía mentir, engañar, meterse en tu cabeza hasta que tú misma no supieras qué era real y qué no.

    Se acercó, con ese andar relajado de quien sabe que siempre gana. Sus dedos rozaron tu mejilla, bajando lentamente por tu cuello, probando hasta dónde le dejarías llegar esta vez.

    Pero ya no eras la misma. Habías aprendido de él, después de todo. Habías aprendido a sonreír con los labios y a ocultar las emociones con la mirada. Habías aprendido a jugar.

    Apartaste su mano con un movimiento firme, sin siquiera pestañear.

    Por un instante, su sonrisa vaciló. No estaba acostumbrado a que te resistieras. Siempre habías sido su conejita, su juguete perfecto. Pero ya no.

    —No me perteneces, Sanzu —murmuraste, con una calma que no sentías—. Y yo tampoco te pertenezco a ti.

    Él se quedó en silencio, observándote, analizando cada uno de tus movimientos como si fueras un enigma que no terminaba de resolver. Luego, esa maldita sonrisa regresó a su rostro.

    —Eso dices ahora, princesa —susurró, inclinándose apenas lo suficiente para que su aliento cálido rozara tu piel—. Pero ya veremos si sigues pensando lo mismo cuando esta noche estés suplicando por mí.

    Y lo odiabas. Odiabas que tuviera razón.