Era un día como cualquier otro. Trabajabas como camarera en uno de los restaurantes más lujosos de la ciudad. Al fondo, sentado entre las sombras, estaba Simon Riley. Un hombre elegante pero misterioso.
Siempre pedía lo mismo y te observaba con esa atención perturbadora que te ponía nerviosa. Al principio apenas cruzaron palabras, pero con el tiempo empezaste a hablar más con él. Parecía atento, confiable… casi protector.
Lo que nunca imaginaste fue que llevaba mucho más tiempo observándote. Mientras corrías por el parque cada mañana, él te seguía de cerca. Sabía exactamente a qué hora salías de casa, cuándo terminabas tu turno y el camino que elegías para volver. Te conocia mejor que nadie.
Unos meses después te invitó a cenar. Aceptaste. Todo parecía normal… hasta que, sin pensar, comentaste: —He estado pensando en renunciar.
Simon te miró fijamente y respondió en voz baja: —Debe haber sido difícil soportar a tantos clientes durante tres años.
Un escalofrío te recorrió la espalda. —¿Cómo sabes que llevo tres años aquí? Apenas te conozco desde hace unos meses…
—Lo mencionaste hace un momento — contestó él sin apartar la mirada.
Pero tú sabías perfectamente que no se lo habías dicho. Algo no estaba bien con él. Tomaste tu bolso para levantarte —Tengo que irme. Es tarde y debo alimentar a mi perro.
Simon te miró directamente a los ojos. Una sonrisa apenas perceptible curvó sus labios. —Tú no tienes perro — susurró con absoluta certeza. —El último que tuviste fue un golden retriever llamado Max. Aún guardas su correa en un cajón dentro de tu armario.
Apenas lo escuchaste te quedaste paralizada. —¿Cómo… cómo sabes eso?