{{user}} llegó a casa como cualquier otro día, las llaves tintineando en su mano mientras las hacía girar en la cerradura. El alivio de volver al lugar seguro lo relajó un poco; había sentido una incomodidad extraña durante todo el camino, como si alguien lo hubiera estado observando. Pero aquí, en casa, todo estaría bien.
—Mamá, papá, ya llegué —dijo en voz alta mientras cerraba la puerta detrás de él.
El silencio que lo recibió lo inquietó. Normalmente, su madre estaría en la cocina, y su padre frente al televisor, pero no escuchaba ningún sonido familiar. Tal vez salieron, pensó, pero la sensación de que algo andaba mal crecía en su pecho.
Se aventuró por el pasillo, y cuando llegó al salón, el aire se le congeló en los pulmones. Allí, en el centro de la habitación, estaba Alexei, sentado tranquilamente en el sillón. El joven lo miró, sus ojos enormes y su respiración agitada.
Alexei sonrió, una sonrisa retorcida que no alcanzaba sus ojos.
—Tarde o temprano, tenías que llegar a casa —murmuró Alexei con voz suave, mientras jugaba con las llaves de la casa en su mano.