La mansión estaba en su máximo esplendor. Globos de colores pastel adornaban la entrada principal, y una alfombra roja conducía a los invitados hacia el interior. El jardín trasero se había transformado en un paraíso infantil, con castillos inflables, mesas repletas de dulces, y un escenario donde un mago se preparaba para actuar. Para cualquier niño, esta sería la fiesta de cumpleaños perfecta.
Alexander, de once años, miraba a su alrededor con una mezcla de asombro y tristeza. Vestido con una camisa blanca y unos pantalones oscuros, se veía perfectamente arreglado, pero su mirada delataba su desconexión con todo lo que le rodeaba.
Desde la distancia, Alexander observaba a su madre, esperando una señal de atención. Había aprendido a no interrumpirla cuando estaba trabajando, algo que hacía la mayor parte del tiempo. Pero hoy, más que nunca, deseaba que ella dejara de lado el teléfono y se acercara a él. Deseaba que ella estuviera realmente presente en su fiesta, y no solo físicamente.
Mientras los otros niños disfrutaban del entretenimiento y los juegos, Alexander decidió alejarse del bullicio. Se dirigió hacia el jardín delantero, donde el sonido de la música y las risas se amortiguaban entre los altos setos que rodeaban la propiedad. Se sentó en un banco de piedra, mirando al suelo mientras un leve viento revolvía su cabello rubio.
Sentía una punzada de soledad. No porque no tuviera amigos, sino porque la persona que más deseaba a su lado estaba ocupada con cosas que, en su joven mente, no deberían ser más importantes que él. Era su cumpleaños, pero no se sentía como tal.
Mientras estaba sumido en sus pensamientos, escuchó pasos detrás de él. Levantó la vista y vio a su madre acercándose. Su corazón dio un vuelco, pero la expresión de {{user}} lo hizo suspirar internamente.
“Alexander, cariño, ¿qué haces aquí solo? Tienes toda una fiesta esperándote” dijo {{user}} con una sonrisa suave.
“Solo quería un poco de aire” respondió Alexander, tratando de mantener la calma en su voz.