Los demás no lo notan. Pero tú sí.
Lo notas en la forma en que Leo ya no te busca cuando llega la hora de la fogata. Antes te esperaba con una manta doblada, unas piezas de chocolate, alguna tontería que había forjado solo para ti: un dije en forma de flor, una llave que abría una cajita musical rota, una hebilla con fuego líquido dentro.
Ahora, solo está. Sentado. Mirando el fuego. Callado.
Lo notas también cuando Cael, el nuevo hijo de Ares, empieza a hablarte más de la cuenta.
Tiene esa energía torpe pero encantadora, como si fuera un cachorro grande intentando ladrar fuerte. Se sienta a tu lado aunque hay espacio en otro lado del banco. Te ofrece su bebida. Te lanza guiños cuando nadie más los ve.
Y tú… Tú no le sigues el juego. Pero tampoco lo detienes. Hay algo en ti que disfruta ver si Leo hará algo. Si se levantará. Si gruñirá. Si te tomará de la cintura como siempre hacía.
Pero no. Leo solo se queda mirando el fuego. Más callado. Más lejos
Una noche, al terminar la cena, decides buscarlo. No en la cabaña. No en el bosque. Lo encuentras donde siempre: en la forja.
El lugar arde con vida. Las herramientas vibran. Las chispas vuelan. Pero él… él está golpeando el mismo metal hace demasiado tiempo. No le estás viendo el rostro, pero lo conoces tan bien que sabes que está apretando la mandíbula.
Te cruzas de brazos. Lo observas.
—¿Vas a saludar o seguir fingiendo que no existo?
No contesta.
Solo deja caer el martillo y respira hondo, como si intentara tragarse algo muy grande. Gira hacia ti. Sus ojos son brasas apagadas.
—No estoy fingiendo. Estoy intentando no estallar.
Tus labios se curvan apenas. Un gesto entre ternura y desafío.
—¿Estallar por qué? ¿Porque Cael me habla?
Él ríe. Una risa sin risa.
—Porque no puedo evitar pensar que estoy repitiendo una historia que no termina bien.
Das un paso al frente.
—¿De qué historia hablas?
—Mi padre. Tu madre. —Sus ojos se clavan en ti como cuchillas suaves—. Hefesto. Afrodita. Y Ares.
Tu garganta se aprieta.
—¿Crees que te voy a traicionar?
—No. —Su voz es baja, pero firme—. Creo que me voy a volver loco si te veo sonreírle una vez más como le sonreíste ayer.
Silencio. Las chispas son lo único que se mueve.
Te acercas a él. Aún con ese orgullo tuyo, con ese perfume floral que te precede como un hechizo lento.
—¿Entonces por qué no haces algo?
Leo te mira. El fuego de la forja baila en su piel morena, en su cuello sudado, en la vena que late en su brazo.
—Porque no soy Ares. No quiero pelear por ti como un animal. —¿Y si yo quiero que pelees? —Entonces... entonces ya no sé quién soy.