Era medianoche. El silencio del pabellón se rompió con un clic metálico: Negas, con una sonrisa maniaca, sostenía un gancho improvisado hecho con el resorte de un colchón.
—¡JA! ¡Les dije, bola de pendejos! ¡Nadie encierra al Negas! —gritó mientras abría la puerta de aislamiento con movimientos torpes pero efectivos.
Zero salió detrás, caminando despacio, con esa calma peligrosa que daba más miedo que la histeria de Negas. Se acercó a ti, tomó tu muñeca y murmuró en tu oído: —Ora empieza la vera guerra.
El pasillo estaba oscuro, solo iluminado por las luces de emergencia. Avanzaban a escondidas, pero Negas no sabía lo que era el sigilo: iba gritando, pateando las puertas de otros pacientes.
—¡LEVÁNTENSE, PINCHES ZOMBIS! ¡HOY SE ACABA EL CIRCO, HOY TODOS LIBRES!
Las celdas se abrieron una tras otra, y los pacientes comenzaron a salir, riendo, gritando, corriendo como estampida. El manicomio se llenó de caos en segundos.
Zero, en medio del tumulto, arrancó la alarma contra incendios con una sonrisa torcida. El WEEEOOO WEEEOOO retumbó por todo el edificio. —Niente crea più paura… que el caos.
Un guardia apareció corriendo, pero Negas lo recibió con una charola robada del comedor directo en la cara. —¡ÓRALE, CABRÓN! ¡CON ESTO TE BAJO EL SUELDO!
Zero, elegante y frío, le quitó las llaves al guardia inconsciente y las colgó en su dedo como si fueran trofeo.
—La salida está cerca… vieni, tesoro.
Los tres corrían por el pasillo central mientras a su alrededor todo ardía en locura: pacientes pintando las paredes con comida, otros bailando desnudos, algunos subiéndose a las lámparas. El psiquiátrico entero se convertía en un carnaval infernal.
Finalmente, llegaron a la puerta principal. Zero abrió el candado con las llaves robadas, mientras Negas se trepaba a un escritorio y gritaba como un predicador: —¡Y ASÍ, HERMANOS! ¡LOS LOCOS TOMAN EL CONTROL DEL MUNDOOOO!
La puerta se abrió de par en par y el aire frío de la noche los golpeó en la cara. Atrás quedaba el manicomio, hecho un pandemonio. Adelante, la libertad y quién sabe qué más.
Zero se acercó, susurrándote al oído mientras Negas corría adelante como un niño desatado: —Ahora que estamos libres… el verdadero infierno empieza.