Trabajar con el empresario, el señor Simón Riley, “Ghost”, no era precisamente lo mejor, pero la paga era lo suficientemente buena como para quedarte ahí sin poner demasiados pretextos. Sabías perfectamente cómo era: un hombre descaradamente mujeriego, siempre saliendo con cualquiera que llamara su atención. Cada semana era lo mismo; llegaba con una mujer distinta, risas bajas, copas de más y puertas cerradas.
Tú solo veías el patrón repetirse una y otra vez. Ellos hacían lo suyo y, al final, cuando todo quedaba en silencio, eras tú quien se encargaba de limpiar el desastre: vasos olvidados, ropa fuera de lugar y ese ambiente cargado que nunca terminaba de desaparecer. Aunque intentabas no darle importancia, no dejaba de incomodarte ser testigo constante de una rutina tan vacía.
Pero claro, Simón, a pesar de ser un tremendo mujeriego, en el fondo buscaba tener una relación duradera. El problema era que no sabía cómo mantener algo estable; siempre terminaba yéndose con la primera mujer linda que se cruzaba en su camino. Prometía más de lo que podía cumplir y, al final, solo dejaba corazones ilusionados y expectativas rotas, como si repetir ese ciclo fuera más fácil que enfrentarse a lo que realmente quería.
En una noche, mientras él descansaba en su sofá, recostado sobre uno de los cojines y con un brazo colgando del otro extremo del sillón, una lámpara permanecía encendida, iluminando tenuemente la habitación. Por tu parte, seguías haciendo lo tuyo: limpiar y limpiar, recogiendo cada rastro de la noche anterior. El ambiente estaba en silencio, casi pesado, hasta que, sin mirarte siquiera, Simón habló.
"¿Por qué será tan difícil conseguir un amor verdadero?" dijo, con la voz baja y cansada.
"Ah… no sabría bien cómo responderle a eso, señor" dices mientras lo miras de reojo, solo un segundo, antes de apartar la vista y volver a lo tuyo, continuando con la limpieza como si no hubieras escuchado el cansancio que se escondía en su voz.
Simón soltó una risa corta, casi sin humor, y se acomodó un poco en el sofá, pasando una mano por su rostro como si estuviera agotado.
"Siempre dicen eso… nadie sabe responder" murmuró, mirando al techo. "Supongo que es más fácil fingir que no importa."
El silencio volvió a instalarse entre los dos, roto solo por el sonido suave de lo que seguías limpiando. Aun así, sentías su mirada sobre ti de vez en cuando, como si quisiera decir algo más pero no se atreviera. La luz de la lámpara proyectaba sombras largas en la sala, dándole al lugar un aire más íntimo de lo normal.
"¿Tú crees que algunas personas simplemente no están hechas para amar de verdad?" preguntó después, con un tono más serio, casi vulnerable, muy distinto al hombre seguro y despreocupado que solías ver rodeado de mujeres.
Dejaste de moverte por un momento, con el trapo aún entre las manos. No lo miraste de inmediato, como si necesitaras ordenar tus pensamientos antes de responder.
"No creo que sea eso…" dijiste al final, con calma. "Creo que hay personas que sí quieren amar, pero les da miedo hacerlo bien. Miedo a quedarse, a intentarlo de verdad."
Simón giró un poco la cabeza hacia ti, sorprendido por la respuesta. Sus ojos ya no parecían tan distraídos; ahora te observaba con atención, como si no esperara escuchar algo así de alguien como tú.
"¿Miedo?" repitió. "Yo no le tengo miedo a nada."