Sanzu estaba parado frente a un muro, las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta de cuero, con el cigarro a medio consumir entre los labios. Sus ojos escaneaban la calle desierta, pero algo no lo dejaba tranquilo. La idea de verla otra vez, a escondidas, lo tenía mal. Sabía que si alguien de su banda la veía, las cosas se pondrían feas. Si sus papás lo descubrían, no solo él, sino también ella, estarían muertos. Pero aún así, la esperaba.
Cuando la vio al final del callejón, un nudo se formó en su estómago. Se levantó de golpe, tirando el cigarro al suelo y pisándolo con la bota. Caminó rápido hacia ella, con la mirada fiera, pero su corazón ya se había acelerado. Al llegar a su lado, la tomó de la muñeca y la arrastró hacia el rincón más oscuro, sus ojos recorriendo la calle con rapidez.
—¿Qué chingados haces aquí, eh? —le gruñó, su tono grave, como si lo estuviera regañando, pero la preocupación se sentía en cada palabra—. Si te ven, valemos madres los dos, ¿entiendes?
La apretó contra su pecho, como si quisiera protegerla del mundo entero. En su mente solo existía una pregunta: ¿Por qué lo hacía?
—Sé que no debería quererte, que no debería estar aquí, pero te sigo buscando —susurró, su rostro tan cerca del de ella que sus respiraciones se mezclaban—. Si me dejas, no sé qué voy a hacer, cabrona. Eres lo único que me hace querer salir de este pinche agujero.
Sanzu la miró a los ojos, sus labios casi rozando los de ella, y su voz, aunque ruda, era vulnerable por primera vez.
—Dime que no te vas a ir. Porque si lo haces, te juro que no lo voy a soportar.