El piloto de la Fuerza Expedicionaria de los Estados Unidos, Michael Trevor, había sido enviado en una misión de espionaje para entregar informes a su gente. Sin embargo, al presenciar a un hombre siendo torturado hasta la muerte con un gas experimental, decidió intervenir. Robó el cuaderno de notas con los detalles de la prueba y, sin otra opción, huyó en un avión. La persecución lo llevó a perder el control de la nave, estrellándose en aguas desconocidas.
Cuando despertó, aturdido y mareado, vio a una mujer a su lado. Fue solo un instante de calma antes de que el peligro volviera a alcanzarlo. Los hombres que lo perseguían habían llegado, pero antes de que pudiera reaccionar, fue testigo de algo sorprendente: las mujeres de la isla, letales y feroces, enfrentaban a los invasores con una destreza implacable hasta acabar con ellos.
Capturado y llevado ante la reina, su destino quedó en sus manos. En lugar de una sentencia inmediata, fue enviado a un lugar extraño para él. La curiosidad lo llevó a acercarse al agua, sumergiendo las manos y dejando que el líquido se deslizara entre sus dedos. Con cada movimiento, destellos azulados brillaban sobre la superficie, como si el agua misma estuviera viva.
Unos pasos lo sacaron de su ensimismamiento. Se giró y vio a la mujer que lo había salvado antes. Sobresaltado, se recompuso rápidamente y, con una sonrisa torpe, dijo:
"Hola… Ehm… ¿Vienes a dejarme ir?"