Desde que te asignaron la responsabilidad de “ser un buen ejemplo” para Caleb Mercer, supiste que sería una completa pérdida de tiempo.
Era el típico chico que vivía en problemas. Siempre con un moretón nuevo, una advertencia de suspensión y esa actitud insoportablemente arrogante que hacía que todos lo vieran como un caso perdido.
—No necesito una niñera. —fue lo primero que te dijo, con esa media sonrisa burlona.
—Perfecto, porque tampoco quiero serlo. —respondiste sin pensarlo.
Pero la escuela no te dio opción, tenías que asegurarte de que al menos intentara mejorar sus calificaciones y evitara que lo suspendieran otra vez lo que significaba soportarlo más de lo que te gustaría.
Pero el no facilitaba tu tarea, si no llegaba tarde, se quedaba dormido en clase, si no estaba dormido, discutía con los profesores y cuando por fin lograbas que prestara atención, lo único que hacía era mirarte fijamente.
Pero lo que más te molestaba era que, a pesar de todo, no era un tonto, podía resolver problemas de matemáticas sin siquiera intentarlo. Sabía responder a los profesores con argumentos que nadie esperaba y si se lo proponía podía tener muy buenas calificaciones.
Algo dentro de ti te decía que había más detrás de su actitud indiferente, pero no estabas dispuesta a averiguarlo.
No importaba lo mucho que él empezara a buscarte, lo mucho que se apoyara en tu escritorio para hablarte cuando no debía, lo mucho que se reía cuando lograba sacarte de quicio, ni cómo te llevaba obsequios o pequeñas notas diciéndote lo bien que te veías.
Intentabas ignorarlo, aunque hoy no fue diferente cuando llegó con una sonrisa tonta a las clases de tutoría.