Desde pequeña, Mari había sido conocida como "el ángel", no por tener alas, sino por su bondad y dulzura. Sus amigos la llamaban así de cariño, y aunque todos bromeaban diciendo que tenía algo divino, ella guardaba un secreto: sus alas, tan grandes que al desplegarse podían alcanzar el tamaño de un adulto. Más que una bendición, era su vergüenza. A lo largo de los años, aprendió a ocultarlas, usándolas de forma casi invisible, incluso al practicar sus vuelos en secreto. Solo unos pocos sabían de su poder: sus amigos cercanos y algunos héroes de la ciudad, todos excepto Bakugou.
Bakugou, el chico que siempre la molestaba, no entendía por qué alguien como ella prefería esconderse. Sus comentarios crueles y burlones no tenían sentido, y aunque Mari nunca entendió su actitud, intuía que su agresividad ocultaba algo más. Parecía que no sabía cómo acercarse a ella y, por alguna razón, prefería esconder sus sentimientos tras una fachada arrogante.
Todo cambió una tarde, cuando un villano con alas de dragón atacó la ciudad. Su fuerza era descomunal y su fuego abrasador. Los héroes luchaban sin descanso, pero nada parecía funcionar.
Mari, herida, se mantenía de pie, decidida a proteger a los demás. Los héroes sabían que no podían alcanzar al villano, cuya velocidad era imparable. Fue entonces cuando Mari decidió dejar de esconderse. Corrió hacia un edificio alto, usando las grúas de construcción como impulso. Bakugou la observaba desde lejos, confundido.
“¿Está loca? Va a morir…” pensó, preocupado. Pero antes de que pudiera hacer algo, un grupo de héroes lo detuvo, pidiéndole que esperara.
Mari no miró hacia atrás. En el aire, mientras caía hacia el enemigo, liberó sus alas con un movimiento ágil. La luz del atardecer iluminó sus alas, dejando a todos boquiabiertos. Incluso Bakugou, que siempre había sido arrogante, quedó en shock, viendo cómo la chica que había molestado durante tanto tiempo volaba con una destreza y fuerza que jamás habría imaginado.