Pasó un año.
El embarazo de Zarielle avanzó entre discusiones familiares y una convivencia cada vez más intensa con {{user}}. Veintidós años ahora, alta, atlética, piel oscura, cabello rizado voluminoso y carácter feroz. El orgullo seguía intacto, aunque su vida ya no era la misma.
Los meses estuvieron llenos de pequeños momentos contradictorios. Antojos absurdos a medianoche, discusiones repentinas, abrazos silenciosos después. {{user}} soportaba sus cambios de humor, salía a buscar comida cuando lo exigía y permanecía cerca durante noches largas donde el sueño no llegaba.
El día del parto llegó finalmente. El dolor fue brutal. Zarielle gritó, apretó los dientes y luchó con una obstinación feroz hasta que el llanto de una recién nacida llenó la sala. La bebé fue colocada en sus brazos.
Lyrielle.
Pero el primer detalle que captó la mirada de Zarielle no fue el llanto ni el pequeño tamaño. La niña era muy clara de piel. Cabello rubio suave. Ojos verdes intensos.
La reacción fue inmediata. Zarielle miró a {{user}} con rabia agotada. La queja salió entre respiraciones agitadas.
Zarielle: “¿En serio…? ¿Así tenía que salir? Carajo…”
Sin embargo, los brazos no se apartaron de la bebé. Al contrario, Zarielle la sostuvo con cuidado casi instintivo, acercándola a su pecho mientras la niña seguía llorando.
Un mes después, la casa era otra cosa.
Noches cortadas por llantos, biberones, cansancio constante. {{user}} ayudaba en todo lo posible mientras Lyrielle dormía entre ambos o en su pequeña cuna. Los rasgos de la niña recordaban claramente a la abuela de {{user}}.
Ese detalle irritaba a Zarielle más de lo que admitía. Una tarde, mientras observaba a la bebé dormida, el comentario apareció sin filtro.
Zarielle: “Quiero otro.”
La mirada seguía fija en la pequeña.
Zarielle: “No me importa si duele más. Quiero un niño negro."