La noche pesaba como una lápida sobre el castillo vacío. El aire era frío, inerte, como si el tiempo mismo hubiera decidido detenerse dentro de aquellas paredes. Desde su cama, Alucard apenas dormía; el sueño no era un refugio, sino una emboscada.
Cada vez que cerraba los ojos, los veía. Sumi. Taka. La sonrisa que le ofrecieron antes de clavarle el puñal.
El sonido suave de una puerta al abrirse lo sacó violentamente de su falsa tranquilidad. No hubo espacio para pensar, sólo para reaccionar. En un parpadeo, su mano ya estaba en la espada. Se giró con brutalidad, apuntándote a ti, su respiración alterada, su mirada como un animal acorralado.
Por un instante, no te reconoció.
Todo su cuerpo temblaba. No de miedo. De la certeza atávica de que debía atacar primero para no ser herido otra vez.
—¡Alto! —su voz fue un rugido seco, quebrado por el terror disfrazado de furia.
Tus ojos se encontraron con los suyos, y algo en ti —una parte instintiva, primitiva— comprendió: no estaba viendo a Alucard, el noble y sereno dhampir. Estabas viendo al hombre traicionado, al que se quedó solo, al que aprendió que incluso el amor podía ser una trampa mortal.
—{{user}}... —susurró, aturdido, la espada aún suspendida entre ambos.
Su rostro se deformó por una expresión de horror silencioso. Dejó caer la espada con torpeza. Retrocedió un paso. Otro más. Como si temiera que incluso tu cercanía pudiera romperlo del todo.
Se llevó una mano a la cabeza, ocultando los ojos, temblando.