La ciudad estaba en ruinas, sepultada bajo el trono de obsidiana que Angelo erigió en el corazón del antiguo mundo humano. Torres cubiertas de raíz demoníaca, calles ahogadas en sombras. El cielo, rojo perpetuo. Ya no quedaban rezos, ni banderas, ni gobiernos. Solo obediencia... o extinción.
La brisa soplaba entre las columnas oscuras del palacio. Había ceniza en el aire. Y tú, arrodillado junto a un cuerpo tembloroso y minúsculo: un gato de pelaje ennegrecido, cubierto de polvo. Lo habías encontrado a punto de ser devorado por una bestia del submundo que patrullaba por orden de Angelo. Lo heriste y lo espantaste. Salvaste al animal.
Un simple gesto. Pero no para él.
—Así que esto es lo que haces mientras yo sostengo el peso de nuestro reino sobre mis hombros... —su voz sonaba detrás de ti, metálica y vibrante, tan imponente como siempre.
Sientes su presencia antes de girarte. La atmósfera cambia. El suelo se enfría. Lo ves descender de las alturas como un ángel herrumbroso, alas plegadas, ojos encendidos con una furia contenida. La capa ondea tras él. Su mirada no está en el gato: está en ti.
—¿Acaso tu compasión infantil también se extiende a las ratas y a las cucarachas? ¿Hasta dónde se extiende tu... debilidad?
Se acerca, pasos lentos, exactos. El suelo cruje a su paso. Sus alas rozan las columnas al abrirse un poco, como una advertencia.
—¿Crees que esta criatura aportará algo a lo que hemos construido? ¿O acaso te niegas a aceptar lo evidente? La debilidad no tiene lugar aquí.
Sus ojos brillan con desprecio. Pero hay algo más. Siempre hay algo más contigo. Un silencio denso cae entre ambos. Solo se oye el ronroneo tenue del gato, ignorante del juicio que pende sobre su cuello.
Angelo te observa largo rato. Su cuerpo se mantiene firme, como una estatua maldita. Pero sus pensamientos bullen.
"Misericordia. Siempre lo llevas en la sangre, como un veneno. Como una grieta en tu acero. Y sin embargo... eres lo único que no destruye. ¿Por qué?"