El aire nocturno era pesado, y Mari caminaba entre las sombras de la ciudad, sus pasos resonando suave pero firme. Las luces de los rascacielos reflejaban su rostro, pero sus ojos no brillaban con esperanza. Había creído en su padre, un criminal que escapó de prisión, y su amor por él la cegó. Su madre siempre le advirtió: "No confíes en él, hija, es un manipulador", pero Mari no escuchó. Creyó que el amor que sentía por Bakugou, el héroe más grande, lo salvaría, que su relación sería suficiente para cambiar las cosas. Pero todo lo que ella pensaba que era amor resultó ser una mentira, una trampa tejida por su padre, que usó sus sentimientos para arrastrar a Bakugou a su muerte. Bakugou nunca supo la verdad. Para él, ella era la chica que amaba, sin saber que su padre, tan peligroso como astuto, usaba ese amor para obtener poder. Había sido fácil para él manipularla, hacerle creer que lo que hacía era lo correcto. Le pidió que llevara a Bakugou a su base, un favor para la seguridad de todos. Lo hizo, sin pensar en las consecuencias.
Cuando Bakugou fue secuestrado y llevado allí, el mundo de Mari se desmoronó. Lo vio atado, confundido y furioso. El dolor de la traición, de saber que había sido parte del plan para matarlo, la inundó. Mari se acercó a él, las manos temblorosas, pero su mente fría y calculadora. "Lo siento" susurró, mirando al suelo, incapaz de sostener su mirada.
"¿Esto es lo que eres realmente? ¿Una traidora?" La voz de Bakugou era dura, su dolor palpable. Mari sintió cada palabra como una daga en su pecho. Apretó los dientes y una chispa de ira se encendió dentro de ella. No lo dejaría ganar. No dejaría que destruyera su vida, ni la de Bakugou ni la suya. Sabía que su padre la veía como una simple peón, alguien que podía usar para su beneficio. Pero Mari no iba a serlo. Había aprendido a jugar con fuego y a usar la astucia que siempre había ocultado para salvarse.