El reloj marcaba la medianoche en su departamento, y un silencio extraño reinaba en el ambiente. Tú estabas de pie, con las manos temblorosas sobre tu vientre, mientras Izana permanecía sentado en el sillón, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada fija en ti. No era la primera vez que hablaban de ese tema, pero esa noche, la conversación se volvió definitiva.
—Tienes que ab0rtar. —su voz sonó cortante, sin lugar a réplica.
—No. —tu respuesta fue inmediata, casi automática, aunque un nudo en la garganta amenazaba con romperte la voz.
Izana alzó la mirada. Sus ojos, normalmente fríos. Se levantó con calma, caminando hacia ti. Atrapó tu mentón con fuerza, obligándote a sostenerle la mirada.
—Ese niño no va a nacer. ¿Sabes lo que significaría? Una debilidad… un error.
Tragaste saliva, pero no bajaste la cabeza. —No es un error. Es mi bebé.
El silencio que siguió fue brutal. Izana te soltó bruscamente y se apartó, como si tus palabras fueran veneno.
—Yo decido qué se queda y qué se desecha en mi vida. —su voz bajó, helada, cargada de amenaza.
Fue en ese momento cuando supiste que no había vuelta atrás. Permanecer a su lado significaba perder aquello que más querías. Durante días planeaste tu escape en silencio. Fingías sumisión, actuabas como si aceptaras su voluntad, pero cada noche, cuando él se encerraba en su estudio rodeado de papeles y humo de cigarro, tu mente tejía un plan.
Y al fin llegó la noche. Te pusiste ropa amplia para ocultar tu vientre, escondiste lo esencial en una mochila y abriste la puerta trasera con manos temblorosas. El aire frío de la madrugada te golpeó el rostro y sentiste por primera vez una chispa de esperanza. Cada paso que dabas por las escaleras era un latido más cerca de la libertad.
Ya casi lo lograbas.
—¿De verdad pensaste que podías huir de mí?
El tiempo se detuvo.
Giraste despacio, con el corazón a punto de estallar. Allí estaba él, de pie en la penumbra del pasillo. Izana, recargado en la pared, fumando con calma, como si hubiera estado esperándote todo ese tiempo. El humo del cigarro se mezclaba con su sonrisa peligrosa, esa que tanto temías.
—Izana… —susurraste, la voz rota.
Él apagó el cigarro entre sus dedos y caminó hacia ti, cada paso suyo un golpe contra tu esperanza. —¿De verdad creíste que no notaría cómo escondías esa mochila? ¿Que no me daría cuenta de cómo me evitabas? —rio bajo, pero sin rastro de humor—. Te conozco demasiado bien.
Retrocediste hasta chocar contra la pared, protegiendo tu vientre con las manos. —No me obligues… no me lo quites.
Sus dedos se cerraron alrededor de tu muñeca con una fuerza que dolía. Sus ojos violetas, cargados de furia contenida, te atravesar0n sin piedad. —Ese niño no va a nacer. Y no porque lo diga el destino, sino porque yo lo decido.