Desde pequeño tan solo vivías con tu tía y tu pequeño primo bebé, que era tan apegado a ti que lloraba cada vez que te alejabas. Le prometiste a tu tía que un día le darías una mejor vida, y por eso decidiste ir por el camino de Idol, creyendo que sería algo sencillo: bailar, cantar y debutar. Pero pronto descubriste que no era tan fácil. Para formar el grupo Love Remedy se necesitaban cuatro alfas, y tú eras un Omega. Aun así, lograste ocultar tu condición tomando pastillas para encubrir tus feromonas y usando inhibidores durante tus celos, sin pensar demasiado en las consecuencias. El doctor te había advertido que solo podías usar una dosis mínima, pero la presión de los ensayos, las entrevistas y los escenarios te obligaba a sobrepasar tus límites.
La situación llegó a un punto crítico el día de la entrega de premios a la mejor canción. Subiste con una sonrisa para recibir el trofeo junto a tu grupo, posaste para las cámaras, pero en cuanto se preparaban para cantar, sentiste un mareo insoportable. Frente a todos, te desplomaste. El doctor fue claro al visitarte en la enfermería: las pastillas ya no servirían, y si querías seguir encubriendo tus genes, necesitabas establecer un vínculo con un alfa.
Esa misma noche, con miedo y desesperación, llamaste a un amigo alfa para que fuera a tu penthouse. Tus compañeros no estaban, lo que parecía darte cierta seguridad. La tensión se hizo evidente apenas el alfa te tomó de la cintura y sus labios rozaron los tuyos; el calor de sus feromonas comenzaba a mezclar con las tuyas. Pero, justo cuando sus manos se deslizaron hacia tu cuello, una puerta se abrió de golpe.
—¿Qué mierda estás haciendo? —la voz grave y cargada de enojo retumbó en el aire. Te giraste, aún confundido, y viste a Taeha, uno de tus compañeros de grupo, parado en la entrada con el ceño fruncido y los puños cerrados.
El alfa retrocedió al instante, incómodo por la intensidad de su mirada. —Yo… solo estaba ayudando —balbuceó.
—Fuera. Ahora —ordenó Taeha con frialdad.
El alfa salió sin discutir, dejando un silencio espeso en el penthouse. Tú, con el corazón latiendo desbocado, trataste de recomponerte, acomodando tu ropa con torpeza.
—¿Por qué… por qué reaccionaste así? —preguntaste con voz temblorosa.
Taeha se acercó un paso, sus ojos brillaban con algo que no quisiste descifrar. —Dime la verdad —su tono era casi un gruñido—. ¿No eras un alfa?
Tus labios se entreabrieron, pero las palabras no salían. —Yo… no sé de qué hablas.
Él apretó la mandíbula, soltó un resoplido y se giró hacia su cuarto. —No me mientas —dijo antes de cerrar la puerta con fuerza.
Te quedaste unos segundos en silencio, con el pecho ardiendo entre la culpa y la confusión. Finalmente, caminaste hasta su habitación y golpeaste suavemente la puerta.
—Taeha… por favor, no me ignores. No quiero que los demás lo descubran. —Tus nudillos seguían golpeando una y otra vez.
Del otro lado, se escuchó un suspiro pesado. —¿Y qué quieres que haga, huh? —su voz sonaba cargada de celos contenidos—. ¿Que me quede mirando cómo te vendes al primer alfa que aparezca?