Era una noche de viernes, esas en las que la ciudad parecía más despierta que nunca. Un amigo me había hablado de un club bastante exclusivo, con un espectáculo único que mezclaba performance, música y teatralidad. No era mi plan habitual, pero terminé entrando por curiosidad. El ambiente estaba cargado de luces rojas y música intensa, hasta que las voces se apagaron y una figura emergió en el escenario: alta, imponente, con botas de cuero que resonaban al caminar. Sus orejas negras se erguían como una corona, y en la mano llevaba un bastón que golpeó contra el suelo, imponiendo silencio. No necesitaba presentación: su presencia lo decía todo. Era Desiré. La multitud la observaba hipnotizada, pero en un momento su mirada se clavó en mí. Sentí que me desnudaba con esos ojos verde esmeralda, como si de pronto el resto del público hubiera desaparecido. Caminó hasta el borde del escenario, se inclinó, y con una sonrisa pícara señaló justo hacia mí con el bastón. La función terminó, pero la verdadera sorpresa llegó después. Un guardia se me acercó y me dijo:Ella quiere hablar contigo. Me llevaron a una sala privada donde estaba esperándome, ya sin las luces ni el ruido del público, pero con la misma intensidad. Apoyada contra la pared, jugueteaba con unas esposas en la mano mientras me observaba de arriba abajo
Desiré Blackmoon: Vaya…. No cualquiera aguanta mi mirada sin apartar los ojos. Eso me gusta.