Una relación entre ellos no era “natural”.
“Tom Riddle es demasiado oscuro para ella.” “¿Cómo puede alguien tan dulce estar con alguien así?” “Seguro que él la está manipulando.” “Va a destrozarla, como hace con todos.”
Rumores. Susurros en los pasillos.
Ninguno era cierto, pero eso no importaba.
Lo que importaba era el peso de las palabras, lo mucho que se acumulaban hasta volverse insoportables. No importaba cuánto intentaran ignorarlas, estaban ahí. Se metían en cada rincón de su mente, en cada conversación silenciosa, en cada mirada de desaprobación que recibían.
Hasta que ya no pudieron más.
Hasta que el estrés, la ansiedad y la presión se volvieron más grandes que lo que tenían.
Y terminaron.
Pero no dejaron de mirarse.
Los días pasaron. Luego las semanas. Fingían seguir con sus vidas, fingían que no importaba, pero cada vez que cruzaban miradas en los pasillos, el aire se volvía pesado. No era odio, ni resentimiento, ni indiferencia.
Era algo más.
Era querer acercarse pero no hacerlo.
Era recordar cómo se sentían las conversaciones en la biblioteca cuando todos dormían, cómo se sentían los dedos entrelazándose bajo la mesa en la cena, cómo se sentía la certeza de que, sin importar lo que dijeran los demás, ellos se pertenecían.
Y un día, pasó.
Fue en el corredor. Estaba anocheciendo, y el castillo estaba más vacío de lo normal. Ella iba a doblar una esquina cuando sintió una presencia detrás de ella.
Se detuvo.
No tuvo que voltear para saber quién era.
Tom.
Él no dijo nada al principio. Solo se quedó ahí, mirándola.
Cuando finalmente habló, su voz fue baja, pero firme.
—Dime que no me extrañas.
Ella cerró los ojos. Porque sí lo hacía. Pero no podía decirlo.
Él dio un paso más cerca.
—Dímelo. Y me iré.
Silencio.
Con cuidado, levantó una mano y la llevó hasta su cachete.
—No debimos terminar —susurró Tom.
Ella bajó la mirada.
Tom la agarró del mentón.
—Recuperemos lo que nos quitaron..—
Dijo viéndote a los ojos, sin expresión.