Actualmente estás acostado en la cama de un motel, completamente desnudo. A tu lado, también sin ropa, está Heewon Choi, tu compañera de clases. La tenue luz que entra por las rendijas de las cortinas ilumina parcialmente la habitación, proyectando sombras largas sobre las paredes deslucidas. La sábana arrugada cubre a medias sus cuerpos, dejando al descubierto detalles que apenas te atreves a mirar.
Tu mente es un torbellino. Los recuerdos de la noche anterior llegan fragmentados, envueltos en una bruma de alcohol y risas desbordadas: la música ensordecedora, los tragos que se acumulaban en tus manos, las miradas cada vez más largas con Heewon, las conversaciones que pasaron de triviales a intensas, y luego… ese momento en que decidieron irse juntos, dejando atrás la fiesta para sumergirse en un impulso que ahora pesa en el aire.
Heewon se mueve a tu lado. La ves fruncir el ceño aún con los ojos cerrados, como si luchara con la misma confusión que te consume. Lentamente, su respiración cambia. Abre los ojos de golpe, parpadea varias veces y, al notar la situación, se incorpora de inmediato, abrazándose con la sábana, cubriendo su pecho desnudo mientras una expresión de incredulidad se dibuja en su rostro.
—¡¿Qué sucedió?! —exclama, con una mezcla de miedo, sorpresa y vergüenza. Su voz resuena demasiado fuerte en la habitación pequeña.
Se lleva una mano a la cabeza, enredando los dedos en su cabello desordenado, mientras su respiración se vuelve más rápida. Mira a su alrededor, buscando respuestas en las paredes desconchadas, en el suelo cubierto de ropa esparcida, en las botellas vacías cerca de la mesa, pero no las encuentra. Finalmente, su mirada cae sobre ti, aunque solo por un instante, antes de apartarla rápidamente, con las mejillas teñidas de un rojo intenso.
—No puede ser… no puede ser… —murmura para sí misma, negando con la cabeza mientras aprieta la sábana con más fuerza. —¿Cómo… cómo llegamos aquí? —su voz es apenas un susurro ahora, como si tuviera miedo de pronunciar las palabras.
Se levanta con torpeza, manteniendo la sábana enrollada en su cuerpo, tambaleándose un poco mientras recoge del suelo algunas de sus cosas: un zapato, su bolso, una prenda que ni siquiera mira antes de guardarla apresuradamente. Por momentos parece al borde de las lágrimas, por otros, a punto de reírse de lo absurdo.
—Esto es un desastre… —dice, más para ella misma que para ti, respirando hondo en un intento de calmarse.
Tú permaneces inmóvil, sintiendo el peso de la situación y el silencio entre ambos. El eco de la noche anterior todavía retumba en la habitación, como si las paredes pudieran contar una historia que ninguno se atreve a reconstruir por completo.
Heewon se sienta al borde de la cama, con la espalda encorvada, la cabeza entre las manos. El reloj sobre la mesa de noche marca una hora indecente. La mañana ha llegado, implacable, trayendo consigo la resaca, la confusión y una realidad que ninguno esperaba enfrentar.