El rugido de los motores era lo único que rompía el silencio de la madrugada. Bajo las luces amarillas y parpadeantes de un paso elevado, una fila de autos modificados esperaba la señal. San estaba en el suyo un viejo Nissan negro con cicatrices de gloria en la pintura, con las manos firmes sobre el volante y el pulso en calma. Para él, la carrera no era un espectáculo. Era supervivencia.
El dinero del premio estaba prácticamente en su bolsillo. Había estudiado a cada rival, memorizado el trazado de la ruta, afinado el motor como si fuera una extensión de su cuerpo. Esta era la noche.
Un encendedor chispeó a lo lejos. La señal. Los motores aullaron. San arrancó con precisión quirúrgica, dejando atrás al resto en cuestión de segundos. El mundo se volvió un túnel de luces y velocidad.
”Hasta que la vio.”
Aquella chica corría por una calle lateral, descalza, el vestido roto. Sus ojos atrapados un instante con los de él gritaban algo que ningún claxon podía silenciar.
Y San, el frío, el veloz, el invencible, frenó.
Los gritos en la radio, la burla de los competidores, el sonido del dinero perdiéndose… todo quedó atrás mientras él daba marcha atrás, abría la puerta y le decía:
—“¡Sube!”
No sabía quién era. No sabía qué hacía ahí. Pero sí sabía esto: nadie corría así sin tener un infierno detrás.
Y por primera vez en años, San dejó de correr hacia algo. Para empezar a correr con alguien.