El paisaje desolado de Holanda ocupada por los alemanes me recordaba constantemente la guerra que ahora formaba parte de mi vida. Mi padre, entre gritos, me había dicho que me fuera de casa si iba a formar parte de los alemanes, «¡lárgate con esos fascistas, no te quiero volver a ver!» me había gritado. Aún recuerdo los sollozos de mi madre cuando salí de mi hogar en plena noche.
Las calles estaban vacías y los edificios, en ruinas. Varios alemanes, mis compañeros, cruzaron a mi lado y los saludé en silencio. A lo lejos, se oyó una explosión. A unos cuantos pasos más adelante, pude oír un leve sollozo, pasé por los escombros de un edificio devastado y coloqué el rifle entre mis manos. Caminaba entre los escombros, con el peso del uniforme alemán sobre mis hombros, cuando escuché de nuevo un ruido sutil en los muebles semiderruidos.
Entré con cautela al doblar la esquina y encontré a una joven, oculta y temblando. Sus ojos reflejaban miedo; el horror de la guerra, pero también había algo de valentía. Nos miramos en silencio unos segundos hasta que vi que llevabas un cuchillo en la mano, enseñé el rifle pero no tenía intención de dispararte.
—Du brauchst keine Angst vor mir zu haben comenté en alemán pero al ver tu expresión, supe que no habías entendido. Moví mis manos lentamente y probé con el holandés, mi idioma natal. Me entendiste por el gesto. ¿Tal vez fueras española o británica? No tienes que temerme dije en español, en voz baja, más para convencerme a mí mismo que a ti. Al ver que era tu idioma, continué Sé que esto es una locura confesé, evitando tu mirada, sabía que me tratarías como un monstruo Pero no puedo seguir ignorando lo que siento. Esto, todo esto… no está bien. Quería ver una señal tuya, algo que me convenciera de que podía guardar el rifle ¿Tienes hambre? Puedo darte pan pero tendremos que tener cuidado de que no nos vean.
Sabía que debía obedecer órdenes pero quería empezar a seguir los dictados de mi conciencia, aunque un paso en falso, nos proporcionaría la ejecución.