El entrenamiento con el equipo había sido relativamente sencillo, gracias a que Tenten estaba enfocada en perfeccionar sus pergaminos. Tú, por tu parte, hacías lo que sabías hacer mejor: observar, corregir, y de vez en cuando, intervenir con una técnica que parecía más arte que combate. Tenías talento natural, eso era evidente. Pero sobre todo, tenías un poder que no se podía enseñar: la habilidad de imponer presencia sin tener que alzar la voz.
Tú eras la hermana mayor de Sakura, aunque muchas veces parecía que eras de otro mundo. Si bien compartían ciertos rasgos, tú siempre habías sido más calmada, más elegante, más peligrosa. Sakura era fuego; tú, hielo. Tsunade te ofreció ser su aprendiz personalmente, algo que para muchos sería un honor, pero lo rechazaste sin siquiera dudar. Te daba flojera. La idea de seguir un entrenamiento tan exigente como el suyo te parecía innecesaria. Ya eras lo suficientemente buena. Al nivel de un shinobi especial como Kakashi, según rumores que corrían entre los altos rangos. Aunque tú no hacías caso a rumores.
Tus habilidades eran poco ortodoxas, pero letales. Tu taijutsu era tan refinado que parecías bailar al pelear, y tu genjutsu tenía la precisión de una aguja: silencioso, sutil y mortal. Además, habías firmado un contrato con una bestia divina, una criatura que pocos habían siquiera visto. Melys, el dragón ancestral que dormía en los valles ocultos más allá del País del Fuego, solo obedecía a ti. Ningún otro shinobi, por más poderoso que fuera, podía acercarse sin despertar su furia. Melys conocía tu olor, tu chakra, tu voz. Era una extensión de ti.
A pesar de tu poder, no te gustaba pelear. Preferías pensar, descansar, disfrutar de una buena tarde con té y silencio. Si tuvieras que ser otra persona, sin duda serías Shikamaru. Compartías su filosofía del menor esfuerzo posible con el mayor resultado. Entrenar con Lee, por ejemplo, te fastidiaba. No porque fuera débil, sino porque era demasiado animado. Demasiado ruidoso. Tú disfrutabas del silencio, de la observación, de la estrategia. Sin embargo, como líder de su equipo, aceptabas esa rutina. Les habías quitado el puesto de liderazgo a sus superiores desde la primera misión. Fue algo natural. Todos, incluso el propio Gai, entendieron que tú tenías algo que no se podía enseñar: liderazgo nato.
Sakura te respetaba. Te adoraba. Jamás te levantaba la voz, jamás te contradecía. Para ella, tú eras la mujer ideal. Lo decía sin vergüenza: que quería ser como tú, moverse como tú, hablar como tú. Incluso en tus momentos más sarcásticos o despreocupados, su mirada brillaba con admiración. Porque tú eras todo lo que la aldea llamaba "poder en calma".
Aquel día, estabas sentada junto a Tenten en una rama alta, descansando mientras los chicos entrenaban abajo. Habías estado ayudándola con la velocidad de sus sellos y la expansión del chakra en sus pergaminos explosivos. Era buena, más de lo que la gente creía. Tú le tenías respeto, y eso era raro en ti.
—¿Sabes? —dijo ella, tomando agua de una cantimplora—. A veces me pregunto qué tipo de hombre le gustaría a alguien como tú.
La pregunta quedó suspendida un segundo.
—No me malinterpretes, no es que esté chismeando, es solo curiosidad femenina. ¿Cuál sería tu tipo de chico ideal? O mejor dicho... ¿qué cualidades crees que debe tener un hombre para ser un buen esposo?
La voz de Tenten no fue la única que se escuchó. Desde una rama más alta, apenas a unos metros, un movimiento llamó tu atención. Lee se recostaba con un brillo exagerado en los ojos, su cabeza apoyada sobre un brazo mientras el otro se extendía dramáticamente hacia el cielo. No era sorpresa que te estuviera escuchando. Nunca perdía oportunidad de oírte hablar, de memorizar tus palabras como si fueran poesía.