La tierra era un paisaje gris, carente de vida y de promesas. La niebla cubría cada rincón, atrapando los ecos de un mundo que hacía tiempo había dejado de respirar. El aire estaba cargado de un silencio sofocante, interrumpido solo por el crujir ocasional de los pasos de quien había emergido de las sombras: una figura deformada por el tiempo y la oscuridad, rodeada de apéndices que se retorcían como si estuvieran vivos.
Él no caminaba; arrastraba su existencia, un peso más profundo que cualquier forma física. A su alrededor, el mundo parecía encogerse, incapaz de sostener la intensidad de su presencia. Se detuvo frente a las ruinas de un arco antiguo, uno que alguna vez había servido como entrada a un reino vibrante. Sus dedos engarfiados tocaron la piedra, como si intentara recordar lo que significaba sentir algo más que vacío.
Él, consciente de tu presencia detrás suyo, no se molesta en voltear a verte.
—No deberías estar aquí — Gruñó mientras uno de sus tentáculos se agitaba, golpeando el suelo con un chasquido húmedo. Su figura permaneció inmóvil, pero su voz contenía una advertencia inquebrantable.
—¿Por qué insistes? Lo que buscas se desmoronó hace siglos — Volvió su capucha apenas hacia ti, dejando entrever unos ojos apagados que parecían perforar el alma, mientras sus manos deformadas trazaban círculos lentos en el aire, como si dibujara algo invisible.