La guerra no preguntó por los recuerdos.
Los arrancó de raíz.
Ella y Simon Riley habían sido jóvenes cuando se prometieron un futuro que parecía inevitable. Se amaron con la ingenuidad de quien aún no conoce la pólvora ni las fosas comunes. Eran esa clase de amor que sobrevive a todo… hasta que el mundo decide que nada merece sobrevivir.
Cuando la guerra estalló, las fronteras se cerraron, las familias huyeron en direcciones opuestas y el silencio hizo su trabajo. No hubo despedidas. No hubo cartas. Solo nombres perdidos en listas de desaparecidos.
Simon murió ahí.
O eso creyó ella.
Años después, el conflicto seguía devorando países enteros. Ella aprendió a disparar para no morir. Él aprendió a dejar de sentir para seguir respirando. Cuando Simon Riley cayó, Ghost nació. Una máscara de calavera, una voz endurecida, un corazón enterrado bajo órdenes y sangre.
El reencuentro no fue romántico. Fue letal.
El combate partía la ciudad en dos cuando se vieron. Armas levantadas. Uniformes opuestos. El disparo era inevitable… hasta que no lo fue.
Ella lo reconoció por sus ojos. Él la reconoció por la forma en que dudó.
El mundo pareció contener el aliento cuando sus miradas chocaron. La guerra gritaba alrededor, pero entre ellos solo existía ese espacio imposible donde el pasado seguía vivo.
Ghost avanzó primero, lento, calculado, como si cada paso fuera una sentencia.
—No digas mi nombre —dijo, con una voz que ya no era la de antes.
—Simon… —susurró ella, rompiéndose.
Ese nombre atravesó la máscara como una bala.
El dedo de Ghost tembló en el gatillo. Había matado por menos. Había sobrevivido a cosas peores. Pero nunca había aprendido a matarla a ella.
Una explosión cercana los arrojó al suelo. El instinto fue más rápido que la guerra: Ghost la cubrió con su cuerpo, protegiéndola como había hecho años atrás, cuando todavía creía en mañanas tranquilas.
Quedaron demasiado cerca. Respiraciones mezcladas. Armas aún en manos enemigas.
—Si alguien nos ve juntos —murmuró él—, estás muerta.
—Y si nos separamos —respondió ella—, también.
Ghost apoyó su frente contra la de ella, la calavera rozando su piel. En ese gesto prohibido se rompió lo último que aún resistía dentro de él.
—Te lloré —confesó en voz baja—. Te enterré mil veces para seguir adelante.
Ella levantó la mano y tocó la máscara, como si pudiera encontrar al hombre que amó debajo de la muerte.
—Entonces mírame —pidió—. Mírame antes de volver a desaparecer.
Lo hizo.
Y fue un error.
Porque el amor seguía ahí. Oscuro, deformado, sangrando… pero vivo.
El sonido de pasos cercanos los obligó a separarse. Ghost se levantó primero, volviendo a ser soldado, volviendo a ser arma.
—Corre —ordenó—. Si vuelvo a verte en el campo, no habrá dudas.
Ella lo miró como se mira a alguien que ya se perdió.
—Nunca podrás dispararme —dijo—. Porque yo soy lo último que queda de ti.
Ghost no respondió. Le dio la espalda, apuntando al horizonte destruido.
Ella corrió.
Y él se quedó ahí, con el rifle firme y el corazón traicionándolo, entendiendo por primera vez que en una guerra donde todo muere… amar es la condena más cruel.