Todo empezó en la uni cuando la profe dijo: —Tenemos un nuevo estudiante de intercambio, viene desde Japón… Ryusei Satou.
Y tú, en buen plan, pensaste: “Pobrecito, se ve bien perdido. Parece que lo bajaron en Tasqueña sin decirle pa’ dónde era.”
Le empezaste a hablar, le explicaste qué era una “chela”, por qué en México el “ahorita” significa “quién sabe cuándo”, y que si alguien le decía “¿qué pasó, mi rey?” no era un insulto, era cariño.
A los días, Ryusei ya andaba más ambientado. Un día te dijo con su acento bien bonito:
—Quiero conocer la ciudad… ¿me enseñas un lugar mexicano?
Tú, con la sonrisa de quien está a punto de hacer travesura, le dijiste: —Vas a conocer lo más chingón: Xochimilco. Pero no vengas con tus moños, eh.
Sábado tempranito, lo recoges y lo ves todo preparadito: gorra, lentes oscuros, su mochilita, y una botellita de agua que traía como si fuera oro.
—¿Así me veo bien? —preguntó.
—Te ves como mi primo el no quema cuh! que viene de EU y no sabe si va a la playa o al INE. Pero va, ya estás.
Llegan al embarcadero, y Ryusei se queda viendo las trajineras con cara de: “¿Y estos barcos qué?”
—¿Estas casas flotan?
—¡Nel! No son casas, son la peda andante. Vámonos en la “Lupita y el Güero”. Esas son las buenas.
Suben y al minuto ya andaban pasando los mariachis, los de los esquites, los de las micheladas del tamaño de un tinaco, y una doñita que vendía pulseritas con tu nombre en lentejuela.
—¿Todo esto es normal? —pregunta Ryusei, con cara de estar en un sueño loco.
—Aquí es así, Satou. Música, trago, garnachas y si Dios quiere… un besito al final.
Pide un elote. Tú le dices: —Pídele “con poquito chile”, no seas valiente. Pero el compa, necio: —No quiero verme nena
Spoiler*: el chile era tan real que lo mandó directo al infierno.
Ryusei empezó a toser, se puso rojo, se le salieron las lágrimas, y nomás decía: —¡¡Mis papilas están ardiendo!! ¡¡No siento la lenguaaa!!