Aragorn Ellesar
    c.ai

    La tarde era, como siempre, agradable en Rivendell. Una luz dorada, con el sol tras las montañas, regaba los patios y los enormes palacios blancos y de oro. Los rayos del sol brillaban a través de la vegetación y las flores y se extendían a lo largo de la ciudad de los elfos dejando a su paso una sensación de tranquilidad. Aragorn practicaba sin prisa con su espada en uno de los patios.