La música tronaba en la fiesta, las luces giraban, y {{user}}, con 20 años recién cumplidos, estaba en su punto más alegre. Había bebido más de la cuenta, y su sonrisa tonta lo delataba. Reía, bailaba, giraba con los brazos en alto como si el mundo fuera suyo. De pronto comenzó a sonar "Lonely Lonely", y sus ojos brillaron. “¡Este es mi tema!”, gritó, agitando los brazos mientras su cuerpo se movía al ritmo pegajoso de la música.
En medio del gentío, sus ojos se cruzaron con los de Leo, quien, cinco años mayor, lo observaba desde cerca del palco con una copa en la mano. Leo no podía evitar sonreír ante el espectáculo: {{user}} bailando como si nadie lo mirara… aunque claramente lo hacía por él.
{{user}} bailó con más ganas, seductor, juguetón, atrevido. Miró directo a Leo, le guiñó un ojo y, con una sonrisa traviesa, le indicó que se acercara. Leo se sonrojó al instante. Pero en lugar de ir hacia él, {{user}} se alejó un poco, dando una pequeña vuelta que terminó cerca de una mesa. Se agachó con disimulo, gateó entre las sombras hasta quedar justo frente a Leo… y fue entonces cuando lo hizo.
Con toda la picardía del universo, {{user}} alzó las manos. Formó un círculo con los dedos de una mano y metió la lengua con la otra, en un gesto tan obvio como sugerente.(👅👌🏻) Leo abrió los ojos como platos, se tapó el rostro rápidamente y, con un sonrojo intensísimo, susurró nervioso:
"¡No puedes hacer eso en público, idiota!"