La noche en Seúl estaba extrañamente callada, como si alguien hubiese bajado el volumen de la ciudad entera. A un lado de una vieja despensa de barrio, te sentabas con un kimbap triangular a medio comer, disfrutando del silencio y el leve vapor que aún salía del arroz. Las luces de neón parpadeaban a lo lejos, pero algo en el aire te decía que la calma no duraría.
Y no te equivocaste.
Unos pasos rápidos, urgentes, comenzaron a retumbar por el callejón. Te giraste instintivamente y la viste: Jiyeh Shin, la famosa directora de SW, corriendo hacia ti con los ojos muy abiertos, el cabello suelto y el rostro marcado por la tensión. Te alcanzó en cuestión de segundos.
—Espero que no te lo tomes a mal... luego te pago —susurró con una mezcla de disculpa y determinación.
Y sin darte tiempo a reaccionar, te sujetó por el cuello de la chaqueta, acercó su rostro al tuyo... y te besó.
Fue un beso directo, inesperado, lleno de urgencia. Sentiste sus labios apretarse contra los tuyos, su respiración agitada chocando con la tuya, su cuerpo pegado al tuyo como si intentara desaparecer dentro de ti.
Y entonces, los viste por el rabillo del ojo.
Tres figuras se asomaron al callejón: hombres altos, vestidos de negro, con los movimientos calculados de quienes están acostumbrados a cazar. Se detuvieron a unos metros, uno de ellos hizo un ademán con la cabeza… y luego siguieron de largo, sin reconocerla. El disfraz había funcionado.
Pero Jiyeh no se detuvo.
Ni cuando los pasos se perdieron entre los murmullos lejanos del tráfico. Ni cuando la amenaza desapareció calle abajo. Seguía besándote, más despacio ahora, con menos prisa y más intención, como si por un momento olvidara que todo había empezado como una farsa. Su cuerpo dejó de temblar, pero no se apartó. Sus dedos seguían en tu nuca. Sus labios, en los tuyos.
Y bajo el cielo mudo de Seúl, tú tampoco te moviste.