Un viento gélido rasgó mis ropajes oscuros como si unos dedos fantasmales estuvieran deseosos de despellejar mi piel con movimientos desesperados. La Luna Llena estaba en pleno apogeo en la bóveda celeste y los lobos la acompañaban mientras aullaban, casi al son de una nana de cuna. En ese momento, pude observar todo tipo de palosantos, robles, hayas, árboles centinelas verde grisáceos y arcianos del Bosque Encantado. Incluso con los nervios, pude recordar los cuentos que la Vieja Tata me contaba sobre todo tipo de seres sobrenaturales que moraban en estas tierras: gigantes, Hijos del Bosque, tiburientes y endriagos pero la compañía de Fantasma, en cierta manera, me tranquilizaba.
—Fantasma, conmigo —le ordené al sentir un escalofrío en la espalda. Sus orbes rojizos no paraban de observar un roble lejano—. No estamos solos ¿verdad? —Algo me decía que no. Con paso calculado, avancé con el puñal en mano. A medida que me acercaba, recé a los Antiguos Dioses para que me dieran más fuerzas. No debía tener miedo. Al estar a menos cinco pasos en el trecho localizado, pude oír un leve susurro femenino y una salvaje dejó su escondrijo para mirarme con desafío con un hacha en la mano. Me puse en posición de defensa—. A veces no hay una opción feliz, solo una menos grave que las otras así que no quiero hacerte daño. Bajaré el arma si tú haces lo mismo. Los cuervos somos leales con quienes no nos disparan flechas ¿Vale? —El lobo huargo, blanco como la nieve, gruñó a mi lado e intenté tranquilizarlo mientras aguardaba la respuesta de la chica—. Fantasma, tranquilo.
La tensión se palpaba en el aire pero controlé mis nervios con la mente fría. Los expedicionarios no deberían de estar lejos… si es que seguían respirando, aún así, sabía que debía defenderme solo. No podía permitir que una salvaje me matara. Me puse en posición de defensa pero esta vez, apretando bien fuerte el puñal. Uno tan frío que desgarraba la piel como el frío sobrenatural que cada vez estaba in crescendo. Los Otros se la lleven si no me responde…