La ceremonia fue espléndida, un evento digno de las familias más poderosas del reino. Sin embargo, el frío aire de indiferencia entre Bakugou y su esposa llenaba el gran salón más que los murmullos de los invitados. Desde el momento en que unieron sus vidas en aquel matrimonio arreglado, ninguno de los dos se molestó en ocultar su desagrado. A pesar de compartir las mismas habitaciones, los días pasaban como si el uno no existiera para el otro, excepto cuando la etiqueta y las apariencias demandaban sus sonrisas de cortesía.El castillo donde vivían se hallaba en constante movimiento, con sirvientes, caballeros y nobles acudiendo a sus deberes, mientras Bakugou dedicaba su tiempo a entrenar o planificar futuras conquistas. La dama, en cambio, encontraba paz en la soledad, ocupándose en actividades de su interés y cuidando los jardines en su tiempo libre. Ambos parecían conformarse con esa distancia, un pacto silencioso que ninguno deseaba romper.
Hasta que una noche cambió todo.La puerta se abrió de golpe, y Bakugou apareció, tambaleante, apoyado en un caballero de confianza. Su torso estaba cubierto de sangre y su rostro se endurecía con el dolor. Los guardias y sirvientes se apresuraron a ofrecer ayuda, llamando a las doncellas para que lo atendieran en la enfermería. Pero, cuando una de ellas extendió la mano hacia él, Bakugou la apartó con brusquedad.—No quiero que nadie me toque. gruñó, con la voz áspera y firme, clavando su mirada en la puerta de su habitación —Llama a mi esposa. Que sea ella quien me atienda.Los susurros de los sirvientes resonaron mientras uno de ellos se apresuraba a buscar a la dama. Nadie comprendía por qué, de todas las personas en el castillo, él insistía en que fuera su esposa quien le cuidara, aquella mujer con la que apenas compartía palabras.