Blake era fanática de la F1 desde que tenía memoria. Ese día, finalmente estaba en el Gran Premio de Países Bajos, el rugido de los motores aún vibrando en su pecho mientras la multitud se agolpaba alrededor del paddock. Todos querían ver a Max Verstappen, su ídolo.
La seguridad era un caos. Los fans gritaban su nombre, extendían gorras, banderas, fotos... Pero tú, con el corazón latiéndote como si fueras tú quien estuviera por correr, aprovechaste un pequeño hueco en la multitud y te acercaste, levantando tu gorra con timidez.
Max la tomó. Sus ojos se cruzaron con los tuyos. Solo fue un segundo… pero algo en su mirada cambió.
Te sonrió. No esa sonrisa genérica que daba a las cámaras, no. Esta era distinta. Íntima. Casi cómplice. Entonces, sin apartar la vista de ti, sacó un marcador... pero en vez de firmarla, escribió algo más.
Cuando te devolvió la gorra, sus dedos rozaron los tuyos, y te dijo en voz baja, casi inaudible entre los gritos:
—Llámame.
Y antes de que pudieras decir una sola palabra, los fans te empujaron hacia atrás, arrastrándote como una ola fuera de su alcance. Aturdida, miraste la gorra.
No era su firma. Era un número. Su número.