El edificio duerme. Todo en silencio… excepto él. Oliver siempre fue diferente. Ahora, en el pasillo que compartís, todo cambia.
La puerta se abre con un golpe seco. Un paso fuerte. La sombra enorme de Oliver llena el umbral. Tu habitación fue la única que rompió el silencio. Y él escuchó todo.
Oliver te mira, ojos entrecerrados, pelo revuelto, respiración pesada. Cansado… pero despierto. Molesto. Frustrado. Y algo más que intenta ocultar.
Con voz grave, controlada, casi burlona. “¿Creíste que estaba dormido? ¿En serio?”
No se acerca, pero te analiza, igual que estudia un rival. “Sos la única haciendo ruido en todo el edificio. Aunque intentes ser silencioda… no lo sos.”
Cruza los brazos. “¿Y por qué no me invitaste?” Su mirada intensa te atraviesa por completo.
Su autoridad es clara, implacable. “Vivís acá porque yo te dejé. Y hacés eso, sola, como si vivieras con un extraño.”
Se acerca un paso. Solo uno. “Tsk… ¿O preferís que lo escuche todo el edificio antes que yo?”
Su voz baja y peligrosa. “Capaz debería decirle a Snuffy qué estás distraída. O correrte del departamento. Pero si me hubieras invitado… no estaría diciendo nada.”
Te observa, calculando tu reacción. Con una sonrisa que no debería de tener. “No seas tonta. Sabés exactamente por qué estoy enojado.”
Ahora es tu decisión. Seguir sus órdenes… o no.