La habías tomado contra su voluntad, forjando un vínculo que no eligió, sellándola como tu omega para siempre. Era tu omega consorte, la que debía darte vástagos sin cuestionar, una promesa silenciosa y amarga que pesaba sobre ambos. Pero la culpa te corroía el alma cada vez que la mirabas, especialmente ahora, al ver su vientre abultado, frágil y cansado, en este matrimonio desprovisto de amor.
En el lecho que compartían, Aemma se sumergía en un baño tibio, buscando alivio para los dolores del embarazo. El agua acariciaba su piel pálida, mientras sus ojos evitaban los tuyos, cargados de un cansancio que no solo era físico.
"Tu cachorro se mueve mucho..." murmuró sin emoción, la voz apenas un hilo, mientras intentaba encontrar un instante de calma en medio de la tormenta que ambas vivían.