Era una tarde caóticamente infernal en el supermercado. Los hermanos Wayne —Dick Grayson, Jason Todd, Tim Drake y Damián Wayne— debatían con intensidad digna de una misión de alto riesgo qué productos llevar.
Jason tenía hambre. Hambre real, peligrosa. De esa que lo volvía irritable y con cero tolerancia al mundo. —Si no comemos algo en los próximos cinco minutos, voy a morder a alguien —gruñó, empujando el carrito con demasiada fuerza.
Tim, completamente ajeno al drama emocional de su hermano, sostenía una caja de hamburguesas congeladas que Dick había metido al carrito con sospechosa discreción. —¿Sabes cuántas calorías tiene esto? —preguntó, ya haciendo cálculos mentales—. Y eso sin contar el sodio.
Dick sonrió con total descaro. —Pero son orgánicas —dijo, como si eso solucionara absolutamente todo.
Y Damián… Damián era una pequeña, concentrada y peligrosa bolita de odio. Caminaba con los brazos cruzados, el ceño fruncido y la mirada afilada, arrepintiéndose profundamente —y por vigésima vez— de haber aceptado acompañarlos. Este lugar estaba lleno de ruido, gente torpe y carritos mal manejados. Una pesadilla.
Entonces, como si el universo decidiera castigarlo un poco más, apareció ella.
Layla.
Una compañera de la escuela que se acercó con una sonrisa demasiado amplia para ser sincera. Desde lejos se notaba que era una pick me en toda la extensión de la palabra: postura ensayada, tono chillón y esa urgencia casi desesperada por llamar la atención de los hermanos Wayne.
—¡Holaaa, Dami! —canturreó—. ¡Qué sorpresa verte aquí… acompañado de tus hermanos!
La frase vino acompañada de una falsa dulzura y un movimiento exagerado de busto que pretendía ser casual, pero gritaba mírenme a kilómetros.
Damián se detuvo en seco. La miró de arriba abajo. No con molestia. No con fastidio.
Con asco absoluto.
Jason arqueó una ceja, Dick ladeó la cabeza curioso y Tim levantó la vista del empaque, evaluando la escena como si fuera un problema social complejo. El ambiente se tensó ligeramente, como si algo estuviera a punto de pasar.
Layla dio un paso más cerca, invadiendo descaradamente el espacio personal de Damián, ignorando por completo su evidente incomodidad.
—¿Y qué hacen? —preguntó—. Yo amo venir sola al súper, es tan random, ¿no?
Damián apretó los dientes. Estaba a dos segundos de decir algo que Bruce definitivamente no aprobaría.
Y justo en ese momento, cuando la paciencia del pequeño Wayne estaba por romperse y la escena pedía a gritos una presencia que impusiera orden, autoridad… o puro terror elegante, el aire pareció cambiar.
Alguien más estaba a punto de entrar en la escena.